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Aparecido en:  El Norte de Castilla
 
Fecha de Publicación: 18/09/2015

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PERSPECTIVAS TERESIANAS. Manuel Diego Sánchez
El retrato auténtico teresiano

   
 

Es conocido el dicho de Fr. Luis de León, el primer editor de las obras de Santa Teresa «Yo no conocí, ni vi a la madre Teresa de Jesús mientras estuvo en la tierra; mas ahora, que vive en el cielo, la conozco y veo casi siempre en dos imágenes vivas que nos dejó de sí, que son sus hijas y sus libros» (1588). Tiene toda la razón, pero ya los contemporáneos trataron de describirnos la figura de la Madre lo más fielmente posible. Y hay una gran coincidencia en el describir los rasgos naturales, morales y espirituales de esta gran mujer.

Pero también conservamos un retrato sacado al vivo, mientras se encontraba en Sevilla, a los 61 años de edad (1576), cuando la mandaron ponerse a disposición del pintor carmelita Fr. Juan de la Miseria, tiempo que lo consideró poco menos que perdido y lo juzgó como ceder a la vanidad de la inmortalidad y hacer caso de su persona; según testimonio del culpable de esta situación embarazosa, el padre Jerónimo Gracián que dice el lego la sacó razonable, sin embargo la Santa le achaco al pintor los malos resultados de su arte diciéndole a trabajo cumplido: «Dios te lo perdone, Fr. Juan, que me has pecho padecer aquí lo que Dios se sabe, y al cabo me has pintado fea y legañosa». El retrato en cuestión ha llegado hasta nosotros y se conserva actualmente en el mismo lugar donde fue pintado, el Carmelo de Sevilla.

Sus contemporáneos reconocen lo difícil que resulta el definir su retrato moral, su personalidad y psicología, aun habiendo vivido y convivido con ella. Una de sus discípulas, María de San José Salazar (1548-1603), dotada de una gran inteligencia y formación humanística, nos ha dejado esta descripción maestra en su Libro de Recreaciones:

«Era esta santa de mediana estatura, antes grande que pequeña; tuvo en su mocedad fama de muy hermosa y hasta su última edad mostraba serlo; era su rostro no nada común sino extraordinario, y de suerte que no se puede decir redondo ni aguileño; los tercios de él iguales, la frente ancha e igual y muy hermosa, las cejas de color rubio oscuro con poca semejanza de negro, anchas y algo arqueadas; los ojos negros, vivos y redondos, no muy grandes, mas muy bien puestos; la nariz redonda y en derecho de los lagrimales, para arriba disminuida hasta igualar con las cejas, formando un apacible entrecejo, la punta redonda y un poco inclinada para abajo, las ventanas arqueaditas y pequeñas y toda ella no muy desviada del rostro.

Mal se puede pintar con pluma la perfección que en todo tenía: la boca, demuy buen tamaño; el labio de arriba delgado y derecho, el de abajo grueso y un poco caído, de muy linta gracia y color; y así la tenía en el rostro, que con ser ya de edad y muchas enfermedades, daba gran contento mirarla y oírla porque era muy apacible y graciosa en todas sus palabras y acciones.

Era gruesa más que flaca y en todo bien proporcionada; tenía muy lindas manos, aunque pequeñas, en el rostro, al lado izquierdo tenía tres lunares levantado como verrugas pequeñas, en derecho unos de otros, comenzando desde debajo de la boca el que mayor era, y el otro entre la boca y la nariz, el último en la nariz, más cerca de abajo que de arriba.

Era en todo perfecta como se ve por un retrato que al natural sacó fr. Juan de la Miseria nuestro, santo a lo que podemos entender, del cual y de algunos otros que por él se han sacado, me parece hacer memoria, para que las hermanas que están por venir sepan los vestidos y tocado que su madre traía, y en todos nuestros conventos se traen» (VIII).

Ésta es, sin duda, la mejor descripción de la fisonomía teresiana que nos ha llegado y en la que se inspiraron biógrafos posteriores, como Francisco de Ribera, Diego de Yepes, Jerónimo de San José Ezquerra, Francisco de Santa María Pulgar.

Es el primer biógrafo, Francisco de Ribera, el que mejor describe aquellas actitudes y comportamientos que marcaban la pauta del trato y roce con los demás. Así, por ejemplo, nos asegura de que: «Diola Dios también un entendimiento grande que abrazaba mucho, y agudo, un juicio reposado, nonada arrojado, sino lleno de madurez y de cordura. Pensaba muy bien lo que había de hacer, y veía lo que había en la cosa de que pensaba, y después de determinada tenía gran constancia y firmeza para seguirlo y llevarlo a cabo. Su prudencia era mucha para encaminar las cosas que emprendía, y ara encaminar las almas a Dios, y para gobernar los monasterios, como se parece bien en los que dejó fundados y en las personas que en ellos están, a quien puso en tanta humildad y mortificación y oración. Tanía gran destreza para despachar negocios, a todos acudía, y para esto no la había de faltar salud. Escribía a señores y a los demás que era menester, y sus cartas acababan grandes cosas. Calaba con gran facilidad el entendimiento y talento y condición de las personas que trataba, y veía por donde las había de llevar. Enseñaba con mucha claridad y amor, y estimaba mucho a los buenos teólogos, y ninguna cosa de importancia hacia sin su parecer.

Tenía un ánimo, más que de mujer, fuerte y varonil, fuerte y varonil con que alcanzaba lo que quería, y hacía estar a raya las pasiones naturales, ayudada de Dios. Veíase esto cuando salía de sus monasterios, que sintiendo con grandísima ternura el apartarse de sus hijas que en ellos dejaba, y especialmente cuando veía que no las había de ver más, lo disimulaba de tal manera por no darlas a ellas pena, como si no tuvieran sentimiento alguno» (Vida, IV, c. 1, pp. 323-328).
El retrato literario de Ribera, además de escrito con elegancia, no tiene desperdicio dado que, junto a lo que él sabe por su trato personal, pone en sintonía noticias de distintas fuentes y así resulta una descripción sinfónica que, a quien ha leído y conoce la obra escrita teresiana, le asegura de que esto es verdad. Desde luego nos damos cuenta de que esta mujer era una gran personalidad, ecuánime y equilibrada, liberal, inteligente, que sabía estar y tratar… lo cual confirma que la santidad cristiana potencia y mejora al hombre.

   





 
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