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Aparecido en:  El Norte de Castilla
 
Fecha de Publicación: 04/09/2015

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PERSPECTIVAS TERESIANAS. Manuel Diego Sánchez, carmelita
La Transverberación de Santa Teresa en el arte

   
 

No ha sido sólo la clásica representación de Bernini en la capilla Cornaro de Santa María de la Victoria de Roma. Antes y después, este fenómeno místico teresiano de la transverberación ha llamado la atención de muchos artistas. Y constituye, junto a la tipología de santa Teresa escritora, aquella de más éxito y presencia dentro de la iconografía teresiana. Sin embargo, el arte ha ido más allá del relato autobiográfico de esta mujer, y en algún caso se ha salido y hasta ha evitado aquella representación clásica del ángel enarbolando el dardo que desde el lado izquierdo hiere su corazón.

Llama la atención un cuadro del camarín del sepulcro de santa Teresa en Alba de Tormes, donde la escena se recrea y hasta se prescinde por completo de la presentación corriente. Lo más llamativo es que no se trata del ángel que enarbola el dardo y la hiere, sino el mismo Cristo que, cual divino cazador, tensando la flecha dentro del arco, la dirige hacia el mismo corazón de Teresa, que ya aparece herida y hasta con la flecha clavada dentro del corazón. Es decir, se nos describen todas las secuencias del hecho místico y sus momentos consecutivos, como queriendo darnos a entender que se trata de un movimiento continuo y en perpetuo crescendo. Y es que la escena se completa con otros motivos tampoco aducidos por la escritora mística agraciada. Entra también en el cuadro la presencia de la Trinidad, la convivencia de la familia de Nazaret (María y José) que asisten al acto y hasta colaboran (María lleva en sus manos otras flechas). Está claro que se quiere poner de relieve el matiz teológico completo que tiene la acción , porque la trinidad celeste y terrestre (un tema muy recurrente en el arte) se comprometen, demostrando así que el origen de todo está en Dios Padre que, por medio de la humanidad de Cristo (aquí siempre niño) hiere y llena con su mismo amor, es decir, con el Espíritu Santo (símbolo de la paloma), toda la vida de Teresa concentrada en el corazón como centro motor y dirigente de su contemplación y acción. Es como afirmar que ha sido una gracia toda trinitaria, y esto por origen, meditación, contenido y hasta destino. Se explican aquellos valores teológicos que Teresa apenas enuncia en su autobiografía (Vida 29,13-14), mientras que Juan de la Cruz sí que los desarrolla y precisa mucho más en la Lana de amor viva (2,2-4, 8-9.12).

La novedad de esta interpretación artística está en el recuperar la presentación más original y de más calado bíblico, teológico y místico que se haya dando dentro del cristianismo acerca de este fenómeno y que se debe al sabio cristiano más importante de la antigüedad, Orígenes, con el que nos remontamos a la Alejandría cristiana del siglo III. Es el primer autor en formular este tema espiritual que, además de su propia experiencia, él lo hace derivar de la Biblia, concretamente del Cantar de los Cantares (2,5), cuando la esposa exclama: «Estoy herida de amor». Pues para Orígenes es el mismo Cristo quien hiere el alma cuando ésta, totalmente poseída de la huella de la belleza de su divinidad presente en la creación, se siente traspasada de amor por él. Son diversas ocasiones en las que aduce el tema, y su aportación más importante es la de que siempre se trata de Cristo como punto focal: él es quien hiere, él es también la flecha, y hasta la herida que perdura en el alma. No cabe duda que esta primera interpretación origeniana ha encauzado el tema dentro de la mística, y lo ha filtrado y conducido, con las oportunas variantes, dentro de la espiritualidad, cristiana posterior.

Y no sólo eso, sino que existen otros particulares en el cuadro mencionado, como la corona, la palma, que no sólo nos hablan del premio de la virginidad y del martirio espiritual, sino que se adivina por parte del artista una especia de contaminación temática en torno a la merced del dardo, como si quisiera aunar en ella toda la vida mística teresiana, y esta gracia fuera el catalizador de todo su itinerario espiritual donde, además de la experiencia trinitaria y de la humanidad de Cristo, entran también la vivencia mariana y josefina.

En el origen de la pintura que citamos están dos grabados hechos den Bélgica en torno al 1622: el de Cornelio Galle (muy distinto a la otra transverberación que incluye en la vida gráfica teresiana de 1613), y el de Antón Wierix que, a su vez, han inspirado otros grabados posteriores del mismo tema, pero sobre todo ambos están a la base de esa composición pictórica que describimos a partir del cuadro de Alba de Tormes y que es, sin duda, el de menor calidad artística de toda la serie que nos ha llegado con idéntico planteamiento. Porque, además del atribuido a Francisco Ricci (1674), artista que tanto trabajó en las serie históricas teresianas de San José de Ávila y de la iglesia del sepulcro de Alba de Tormes, hemos hallado lienzos con el mismo tema y manera de composición en los Carmelos de Cabrerizos-Salamanca, Palencia, Maluenda, Antequera, Plasencia y Mancera de Abajo, y hasta en las clarisas de Todelo; a los que habría que añadir los existentes en los Carmelos americanos de estilo colonial; y sobre todo él debido a Antonio de Pereda en la iglesia del Carmelo de Toledo que, sin salirse del precedente común, sin embargo lo reelabora mucho más y ya no coincide en todos los detalles con los anteriores que le han inspirado; como así también lo hace J.B. Palomino en un grabado para las obras de santa Teresa (1752), en el que combina los dos motivos del ángel y den Niño Jesús. Y el último exponente del tema es el de la sillería coral en madera de la catedral de Oviedo (c. 1739-1742) debido a Manuel de Pedrero.

La diferencia en la interpretación artística del hecho místico es notable, y hasta de más hondura teológica la de este cuadro de Alba que deja de lado la narración teresiana en pro de una lectura más completa. Se coloca fuera de la presentación tradicional (como la de Bernini) y opta por una lectura más condensada y plena de lo que a primera vista pudiera parecer sólo una mera reposición pagana de Cristo cazador, como otro Apolo, en búsqueda apasionada y tratando de herir a su amada. Aunque no hay que excluir esta reminiscencia del mundo helenístico clásico, sin embargo todos los elementos del cuadro conducen a una visión plenamente cristiana.

   





 
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