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Aparecido en:  El Norte de Castilla
 
Fecha de Publicación: 19/06/2015

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PERSPECTIVAS TERESIANAS. Manuel Diego Sánchez, carmelita.
EL TERESIANISMO MODERNO SALMANTINO

   
 

Muy Poco se dice acerca de lo que contribuyó Salamanca al renacer del teresianismo moderno, en franca decadencia desde la segunda mitad del siglo XVIII y durante casi todo el siglo XIX. Se trata de un fenómeno social curioso, que incide en la cultura, en la religiosidad y en las nuevas formas de peregrinación que nacen en la segunda mitad del siglo XIX, fruto de la revolución que trae el ferrocarril como medio accesible, rápido y más seguro de transporte. Fue como un resurgir de entre las cenizas del antiguo fervor teresiano y, sobre todo, un socializar y generalizar el acercamiento de tantas personas a este personaje femenino que sigue hablando al hombre de este siglo.

Y es curioso que el fenómeno venia de fuera de Castilla, más en concreto de Cataluña, debido al interés e implicación de un sacerdote, Enrique de Ossó y Cervelló (1840-1896), luego fundador de la congregación femenina llamada Compañía de Santa Teresa y declarado santo mucho tiempo después (1993). A sus múltiples iniciativas nacidas de una devoción teresiana omnipresente que le absorbía por completo en todas sus tareas apostólicas, y que por medio de una propaganda eficaz y moderna (periódicos y revistas) llegaba a todos los estratos de la sociedad decimonónica, le acompañaba después una eficacia increíble y el arrastras tras sus proyectos a muchas personas. Ossó era de los que pensaban se podía regenerar España a través de la vuelta a la figura y al mensaje teresianos. Y creía firmemente en lo que buscaba.

A las nuevas ideas renovadoras de Enrique de Ossó, en Salamanca ayudan y las comparten el obispo Narciso Martínez Izquierdo (1879-1885), llamado vulgarmente el obispo de Santa Teresa, y el canónigo Enrique Almaraz, natural de La Vellés (1847-1922), luego obispo de Palencia, cardenal de Sevilla y Toledo, a los que se podrían añadir otros personajes del clero salamantino. Como también correspondía el obispo dominico de Ávila Fernando Blanco y Lorenzo (1857-7875), y el otro obispo abulense, luego cardenal Ciriaco Sancha (1882-1886). Y todo se basaba en el conocimiento teresiano a través de la peregrinación organizada a sus fundaciones, sobre todo a la cuna y sepulcro, es decir, Ávila y Alba de Tormes, que se convierten en las metas de estos viajes teresianos. Claro que no sólo era eso el viaje religioso que entonces se puso de moda, porque Ossó postula además una lectura dosificada de la obra teresiana, como también una práctica generalizada de la oración mental según el método teresiano y con aquel ejercicio de ‘El cuarto de hora de oración’ que daría nombre a uno de sus libros más famosos y difundidos hasta el día de hoy.

Cuando se leen las crónicas del tiempo y se piensa que Ossó, en una acción coordinada con Salamanca, fue capaz de traer hasta Alba de Tormes en agosto de 1877 un número de 4.000 peregrinos, te cuesta creerlo, pero debió ser así. Porque las dificultades logísticas eran muchas ya que entonces sólo había tren, se viniera de Madrid o del Norte, hasta Salamanca y el trayecto Salamanca-Alba había que hacerlo “unos en coche, otros en tartanas, galeras y carros, y en bastante número a pie y descalzos”. Aquella peregrinación en torno a la fiesta de la transverberación (25/27 de agosto de 1877) inauguró para Salamanca y Alba de Tormes el turismo moderno en torno a Santa Teresa. Y es una fecha clave que hizo historia y tuvo el efecto saludable de generalizar y normalizar los viajes a ambos lugares teniendo a Santa Teresa como motivo justificante. Pero aquella ocasión sirvió también para consolidar un proyecto de miras más amplias, de carácter internacional, y que se fraguó en aquellos días entre Salamanca y Alba de Tormes, el de la ‘Hermandad Teresiana Universal’ con sedes en Ávila, Salamanca y Alba de Tormes, y que pretendía extender este movimiento teresiano de oración a todo el mundo. Y así fue, pues el ensayo español enseguida adquirió dimensiones universales, como lo testigua el Libreo oficial de tal Hermandad conservado en el archivo conventual de Alba de Tormes, antiguamente colocado junto al sepulcro teresiano.

Así describe un cronista el ambiente existente en aquellos días por la villa: “la procesión empezó a desfilar entrando por el puente, que por espacio de mucho tiempo se vio de parte en parte lleno de peregrinos. Primero pasaron las hermandades y Asociaciones con sus estandartes, luego seguían los sacerdotes y religiosos cantando las letanías; a seguida venían canónigos y dignidades de varias iglesias, presidiendo tan solemne cortejo los señores obispos de Salamanca, Oviedo y Eumenia. Detrás de los prelados formaban como una nueva procesión, guiadas por el pendón de Tortosa, las peregrinas catalanas, valencianas y aragonesas, a quienes acompañaban todas las jóvenes católicas de Alba…” (Revista ‘Santa Teresa de Jesús’ 6 (1877-78) p.18).

Cuando en estos meses del 2015 percibimos la avalancha de peregrinos a Alba de Tormes, también por motivos teresianos (incluso cuando se trata de contemplar Las Edades del Hombre), uno no puede por menos de acordarse de aquella gesta de los viajeros teresianos en el siglo XIX, un ponerse en camino con no poco sentido de aventura. En España Santa Teresa (en Roma era el Papa) movió una cantidad ingente de personal, tendencia que iría creciendo hasta nuestros días, como lo estamos contemplando ahora.

   





 
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