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Aparecido en:  Tribuna de Salamanca
 
Fecha de Publicación: 09/04/2006

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SUPLEMENTO DOMINICAL
DIARIOS DE MOTOCICLETA
Jaime “Leonú”, el aventurero albense, nos cuenta como alcanzó el sueño de llegar a Ushuaia, el punto más meridional del planeta, subido en una moto

   
 

“El mundo es de quien nace para conquistarlo y no de quien sueña que puede conquistarlo” (Fernando Pessoa, poeta)

USHUAIA 06
8.008 kilómetros “non stop”

El pasado día 1 de marzo, un albense con alma de aventurero, Jaime Núñez “Leonú”, inició el viaje de su vida, y eso que ha hecho muchos: 7.200 kilómetros en moto en busca del punto sur más extremo de América. Ushuaia ´06 ha dado para mucho, y nos lo cuenta en primera persona.
Texto: Jaime Núñez “Leonú”
A pesar de los vientos patagónicos de más 120 km/h. la nieve, la lluvia, los miles de km. realizados entre piedras y barro, las averías...etc., en algún lugar estaba escrito que Ushuaia 2006 dejaría de ser un llamativo proyecto para convertirse en una realidad. Y ahora, en la tranquilidad de mi casa en Alba de Tormes, Ushuaia es para mí otro objetivo alcanzado, otro mítico lugar marcado ya en el mapa, pero no sólo eso, es también un viaje cargado de buenos momentos, de vivencias llenas de emociones, de conocer paisajes y personas y, desde luego, de algunas situaciones de relativo peligro en las que la subida de adrenalina te hace sentir más vivo que nunca. No es fácil, en aventuras como ésta, donde los recuerdos se agolpan en mi memoria, transmitir a los demás una mínima parte de ellos, pero intentaré a través de las siguientes líneas, hacer llegar parte de estas vivencias a los lectores de TRIBUNA.
Básicamente el proyecto consistía en tomar dos motos BMW F 650 GS en Santiago de Chile y Argentina, bajar hasta Tierra de Fuego, concretamente hasta Ushuaia, la ciudad más al sur del mundo, y regresar, por otra ruta, a la capital chilena para devolver las motos, “cuento corto” (como dicen por allá cuando quieren resumir) 7.200 km. previstos, casi 3.000 de ellos por pistas de tierra y piedras, y duración entre el 1 y el 17 de marzo.
Los días previos a la partida pasaron rápidamente, el 25 de enero, en la sede central de Caja Rural de Salamanca, mi compañero Juan Recio y yo presentamos nuestro viaje a los medios de comunicación salmantinos.
Llevaba desde octubre con los preparativos referentes al alquiler y preparación de las motos, rutómetros, reserva de billetes de avión, de la barcaza que nos llevaría a nosotros y las motos desde el Chaitén a Puerto Montt, patrocinadores, repuestos... y leyendo todo lo que podía de los lugares por los que íbamos a pasar.
Iván Reyes, de Motorent Chile, tiene las motos tal y como habíamos acordado, con la preparación necesaria, documentación y permisos ya cumplimentados con nuestros datos para poder sacarlas del país y depósitos de combustible llenos... Así que una vez finalizados los trámites “burocráticos”, colocamos nuestro equipaje y 3 horas después de aterrizar en Santiago, estamos ya en la carretera Panamericana en dirección sur.
En un momento me olvido del cansancio de las 13 horas de vuelo y del cambio horario, y me veo de nuevo rodando en moto por el continente americano, y estos primeros km. sirven para adaptarme a la BMW. “Pórtate bien conmigo que yo haré lo mismo contigo y así no tendremos problemas”, son mis palabras a la moto y, aunque con algunas “pequeñas discrepancias”, nos llevamos bien durante todo el recorrido.
Los primeros kilómetros que realizas en un lejano país son fundamentales para comprender algunas situaciones con las que vas a tener que convivir durante miles de km. Algunos detalles del tráfico en la autopista que nos conduce a nuestro primer destino, a más de 500 kilómetros al sur de la capital chilena, me hacen recordar que debo cambiar mi mentalidad europea y aceptar como “normal” el que aquel coche circule por el arcén en dirección contraria, que la gente atraviese corriendo de una parte a otra de la autopista, que el autobús frene repentinamente para recoger a un viajero... como tantas veces nos dice la DGT, tengo que adaptarme a las condiciones del tráfico, sólo es eso.
La primera vez que cruzamos los Andes, y por lo tanto de Chile a Argentina, lo hacemos por el paso Cardenal Samoré, que debe su nombre a los hechos sucedidos a finales de la década de los 70. La tensión por las fronteras entre los países había llegado a tal punto (incluida por parte argentina la reivindicación por la fuerza de unas islas al sur de Chile) que ambos gobiernos militares aceptaron la mediación del Vaticano para solucionar el conflicto. La Santa Sede delegó en uno de sus hombres de confianza, el cardenal Antonio Samoré que consiguió aplacar los ánimos y que ambas partes aceptaran y acataran (al menos hasta hoy) sus decisiones respecto a ciertos puntos de la línea fronteriza entre los dos países, en su recuerdo (Samoré falleció en 1983) este paso, uno de los más bellos de los Andes, lleva su nombre.
Seguimos rumbo sur, atrás dejamos San Carlos de Bariloche, el paralelo 42, Esquel..., el paisaje va cambiando y se va haciendo más llano, la vegetación va siendo cada vez más seca, escasa y rala, y nos recuerda que estamos al final del verano austral. En el pequeño pueblo de Gobernador Costa pregunto por el estado de la carretera hasta Río Mayo y si (en los 200 km. que separan ambos pueblos) hay algún lugar donde pasar la noche, la respuesta de la chica de la gasolinera no puede ser más sincera y directa, “mejor harían con quedarse hoy aquí, más abajo empieza el gran sur, y allí no hay nada, , sólo piedras”, pero nos quedan todavía unas dos horas de luz y decidimos seguir. Los 200 km. incluyen 20 de una pista infernal, con las piedras de las que nos han advertido, aunque bien entrada la noche, conseguimos llegar a Río Mayo.
De Río Mayo hacia el sur comienza la parte más dura de la famosa Ruta 40 argentina. Esta zona del país está muy poco poblada, los pueblos son muy pequeños y están separados por cientos de km., y aquí tomamos contacto con el temido ripio. El ripio es como se conoce en Sudamérica a las pistas hechas con un conglomerado de tierra y piedras volcánicas de todos los tamaños, lo importante al circular en moto es ir por la “huella”, la rodera dejada por los 4x4. Al principio conduces muy prudentemente, quizás en exceso, hasta que te das cuenta de que a esa velocidad nunca llegarás a tu destino, poco a poco vas aumentando el ritmo y con ello empiezan a aparecer los primeros problemas. Cuando la huella delantera se sale de la huella y se mete en la “montañita” de piedras que hay a los lados, el manillar parece volverse loco y tener vida propia, instintivamente aflojas el acelerador y frenas, pero sólo vas a conseguir una caída segura. Con la práctica compruebas que lo mejor es soltar un “taco”, sujetar el manillar como si te fuera la vida en ello, acelerar suavemente, pero con decisión y hacerlo todo rápidamente... y en este orden. Las curvas son otra historia y hay que tomarlas con calma, ya que es el lugar donde más fácilmente te sales de la trazada, ¿y la velocidad de crucero? pues en ocasiones a 30 km/h. y en otras a más de 100 (eso sí, arriesgándote a tener algún percance serio), todo depende del estado del ripio, de la orografía y de tu habilidad.
Por clima, vegetación y paisaje, no es un desierto, pero en ocasiones lo parece. A los largo del recorrido por esta zona de la Ruta 40 hay un tramo en el que durante más de 170 km. no encontramos ningún otro vehículo y tampoco vemos ningún núcleo de población, solamente un pequeño destacamento militar. Sabemos que tenemos unos 420 km. sin gasolinera donde repostar y llevamos 10 litros adicionales, es hora de parar y hacer uso de ellos. Empezamos a ver los primeros guanacos, una especie animal mezcla de llama y ciervo, y que nos van a resultar muy familiares en los siguientes días, poco les importa nuestra presencia, y en cualquier momento cruzan la pista, añadiendo así una dosis extra de emoción al viaje.
Cuando circulas por lugares con poca presencia humana y escaso tráfico, existe una norma, no escrita, referente a los saludos y a la solidaridad cuando alguien está en apuros, y la Ruta 40 no es una excepción, ráfagas con las luces y una señal con la mano para decir adiós, si hay algún vehículo detenido, parar y preguntar si está en problemas y por supuesto, si te encuentras con otra moto, detenerte, intercambiar información... y desear buena ruta.
Sufrimos el primer pinchazo en una de las motos, su reparación no nos roba excesivo tiempo y gracias a los repuestos que llevamos (cámaras, desmontables y un pequeño compresor eléctrico) lo reparo sin más problemas. Los soportes de las maletas también sufren la dureza del recorrido y perdemos unos cuantos tornillos, las vibraciones hacen que parte de las aletas de ambas motos se queden para siempre en la pista.
Tras dos días y medio, y más de 1.200 km. del dichoso ripio, llegamos a El Calafate, la capital mundial de los glaciares, título que ostenta con orgullo. A 80 km. de este pueblo se encuentra el más famoso de ellos, el glaciar Perito Moreno, inútil describir aquí su grandiosidad, colores y la impresión que te deja su visión, solamente apuntar algunos datos, su pared frontal tiene una longitud de 4 km., una altura entre 60 y 70 m. Y una extensión longitudinal de unos 30 km., es el único glaciar en el mundo que, de momento, no se encuentra en recesión. En 1896 Chile y Argentina designan a dos peritos para delimitar sus fronteras; el chileno basa sus argumentos en estudios de documentación y cartografía, mientras que el argentino se pasa meses recorriendo a pie las montañas, glaciares... al final se acepta el informe del perito argentino, de nombre Moreno. El glaciar se forma en los grandes campos de hielo del sur de Chile, pero su visión sólo es posible desde el lado argentino... lo que agudiza aún más el tema de las fronteras.

Comienzan los problemas
“Esta moto pierde algo, tengo la bota salpicada de gotas que solamente pueden ser aceite o líquido del radiador” voy pensando mientras al atardecer volvemos a El Calafate. Al detener la moto salgo de dudas, un chorro de líquido verdoso cae de ella, las piedras del ripio han dejado un recuerdo en el radiador. Mi compañero Juan piensa que aquí acaba Ushuaia 2006, pero la situación está clara, si al día siguiente no soluciono rápidamente la avería, él continuará viaje y ya nos encontraremos días después. Desmonto el radiador y localizo las fugas, vamos a cenar y luego salgo del hotel para tomar algo, conocer gente, y enterarme si hay alguien capaz de soldar el radiador con ciertas garantías. Después de hablar con “las fuerzas moteras de El Calafate” y de la información que me dan, está claro que la única manera de continuar el viaje es solucionar la avería con el tubo de “soldadura en frío” que había metido entre los repuestos. A la mañana siguiente, las dos motos están otra vez viajando hacia el sur, la reparación ha sido un éxito y el radiador no volverá a perder ni una gota durante el resto del viaje. Llevamos recorridos 3.100 km., hemos superados ya la parte más “brava”, incluso con lluvia, de la Ruta 40, han parecido los primeros contratiempos mecánicos y seguro que no serán los últimos, pero cada día estamos más acoplados a las motos y al terreno, aunque hoy tendremos otro obstáculo que salvar, volver a cruzar Los Andes, esta vez por una estrecha pista, ya que regresaremos a Chile para visitar el parque natural Torres del Paine.
El paso fronterizo Cancha Carrera es una frontera a la antigua usanza, en el lado argentino tiene una pequeño edificio y una cadena de lado a lado que impide el paso de los vehículos, una vez realizados los trámites, el militar de turno quita la cadena y nos permite pasar. El terreno vuelve a ser montañoso y el camino no tiene tantas piedras como la Ruta 40, pero es mucho más estrecho, en algunos tramos es imposible cruzarnos con otro vehículo, la temperatura es cada vez más baja, unos 3º C, y de nuevo empieza a llover. Debido a temas sanitarios (la propagación de fiebre aftosa, principalmente) los pasos de control fronterizo entre los dos países están separados por una distancia que varía de 3 ó 4 km. hasta más de 16 en algunos casos. Cuando alcanzamos el control chileno aprovechamos para ponernos la ropa interior térmica y los guantes de gore-tex y que, al igual que el resto de prendas con las que nos ha equipado Levior, nos están dando un excelente resultado. Preguntamos por el estado de la pista, del clima y de los que tardaremos en llegar hasta Torres del Paine, y la respuesta, aunque esperada, no deja de contrariarnos, “el ripio, más o menos como hasta aquí, pero el tiempo seguramente peor a medida que os vayáis acercando a Paine, ¿qué cuánto se tarda? Con esas motos unas 3 horas, siempre que el viento no os tire de ellas”, nos informa uno de los militares chilenos.
No tenemos ni tiempo ni un lugar donde comer, así que echamos mano de las escasas reservas que nos quedan en el top-case, el reparto es fácil, 3 galletas de chocolate para cada uno, un poco de zumo y... a las motos.
Más que pensar en si Torres del Paine será tan espectacular como espero, lo que me preocupa ahora es el estado de los más de 100 km. que nos separan del parque. Debido a las lluvias la pista está peor de lo que nos han dicho, y lo malo es que al día siguiente tendremos que deshacer el camino para continuar nuestro viaje hacia el sur. La lluvia arrecia, el barro y las piedras saltan por todas partes, viajamos separados por más de 1 km., en algunas rectas miro por el espejo para ver si, en la lejanía , distingo la luz del faro de la otra moto, el viento es fuerte, pero de momento no parece que sea tanto como para hacernos caer. Debido a los oscuros nubarrones que ocultan las montañas, no nos damos cuenta de que ya estamos en Paine. El paisaje, a pesar de la escasa visibilidad, no defrauda, simplemente es espectacular, otro regalo de la naturaleza para nuestros ojos. Está oscureciendo y para compensar la noche que, por unos 8 euros, pasamos días atrás en un modesto albergue de la juventud (y yo con estos años...), decidimos alojarnos en el mejor hotel que hay dentro del parque y que está situado en la misma base de las emblemáticas Agujas del Paine, su precio unos 120 euros.
El parque posee varias pistas para visitarlo, utilizamos la más larga que tiene una longitud de casi 60 km. Debido a la lluvia está muy encharcada pero al menos durante toda la mañana no llueve, incluso el cielo llega a estar casi azul. Recorrer un lugar como éste sin el agobio de los turistas es una suerte, ya es temporada baja y son escasos los 4x4 con visitantes. Subimos hasta el lago Grey para ver el “cementerio de icebergs”, pero solamente hay un par de ellos y pequeños, el resto tardarán unos días en bajar desde el glaciar. Nuestras ajustadas etapas nos obligan a que al mediodía demos por finalizada nuestra visita y volver a tomar dirección sur, tenemos que llegar a dormir a Punta Arenas y nos esperan más de 400 km., la mitad por ripio, y...una sorpresa meteorológica.

¡Al suelo!
Vamos bien de horario, hemos pasado ya Puerto Natales y rodamos por asfalto, empieza a llover otra vez, pero ya no me preocupa, el viento lateral que sopla del Pacífico, cada vez más intenso, es lo que me inquieta. Noto que la moto cada vez va más inclinada, si Juan va delante es cuando mejor veo la fuerza que el viento ejerce sobre nosotros y las motos. El paisaje es completamente llano y no hay ningún obstáculo que frene la acción del aire, algunas ráfagas nos hacen cambiar de carril, por suerte el tráfico es prácticamente nulo, las motos no pasan de 80 km/h., el casco presiona mi cara y me es imposible girar la cabeza hacia el lado del que sopla el viento. “¡¡¡Joder, lo que nos faltaba, esto parece nieve, está nevando...!!! y ¿qué hacemos?”, no hay un lugar donde parar a refugiarnos y todavía nos quedan unos 100 km. para Punta Arenas. Dejo de pensar en esto cuando veo como, igual que si fuera una bolsa vacía, el aire lleva la BMW amarilla de mi compañero no sólo al otro carril, esta vez la moto parece tener vida propia y , sin más, se va a la cuneta contraria y...al suelo, no me da tiempo a parar, noto que voy a correr su misma suerte y unos metros más allá, mi moto y yo, acabamos en la tierra. Una vez comprobado que ninguno nos hemos hecho daño, la escena, a pesar del susto, no deja de tener su lado cómico, y no paramos de reír mientras nos ayudamos a levantar las motos. Durante los primeros 4 km. el proceso se repite otras cuatro veces, pero ya no nos hace tanta “gracia”, primero cae uno y acto seguido el otro, esperas la caída y es inútil intentar evitarla. Vemos una casa y enfilamos hacia ella, sus dueños nos hacen pasar y calentarnos a la estufa, nos invitan a café y galletas y no sabemos qué nos sienta mejor, si el calor o la comida, incluso nos dicen que si el viento (según sus cálculos de unos 130 km/h) y la nieve no cesan, que nos quedemos a dormir allí, es una locura continuar en estas condiciones. Pero en poco más de media hora, el cielo, se despeja, la velocidad del viento amaina y deja de nevar. Les damos las gracias, unos regalos y volvemos a la carretera, todavía vemos posible llegar a dormir a Punta Arenas, y ya de noche llegamos a esta ciudad.
Aunque al día siguiente tendremos que madrugar más de lo normal (el plan incluye hacer 200 km., luego tomar un barco y cruzar el Estrecho de Magallanes, pasar otra vez de Chile a Argentina, y hacer otros 450 km. hasta Ushuaia) después de cenar salimos a celebrar el haber superado las caídas sin ninguna consecuencia grave. Después de bebernos el segundo “pisco sour” y viendo el ambiente de la noche de Punta Arenas ¿a quién le preocupa la etapa del día siguiente?
Otra vez ripio, los trámites de las fronteras, asfalto, más ripio, lluvia, frío, curvas, la noche y por fin allí al fondo, las luces de la bahía de Ushuaia, nuestra meta a tan sólo un par de km.

Empieza el regreso a Santiago
Los chilenos no aceptan que Ushuaia tenga el título de la ciudad más austral del mundo, ellos tienen a Puerto Williams que en efecto está más al sur que la ciudad argentina, pero no tiene aeropuerto, ni carretera, más que un pueblo es un asentamiento, y los chilenos se lamentan de lo hábiles que han sido sus vecinos a la hora de vender Ushuaia como “Fin del Mundo”.
Las poco más de 24 horas que estamos en la ciudad se han esfumado rápidamente en visitarla, mandar unos mails, descargar fotos a CD´s, sustituir la cubierta trasera de una de las motos, hacer algunas compras y navegar por el canal Beagle para ver los famosos pingüinos. Apenas hemos tenido tiempo para descansar.
Decidimos cambiar la ruta de regreso, volver a meter las motos por el tramo de la Ruta 40 sería una temeridad, además nos quedaba toda la carretera austral chilena para hartarnos otra vez de ripio. Nos ponemos de acuerdo para subir por la Ruta 3 hasta Caleta Olivia, junto a la costa atlántica, y luego cruzar transversalmente toda Argentina para llegar al Lago General Carrera y enlazar ya con la austral. Además por la Ruta 3 no tendremos viento del Pacífico...será del Atlántico y así comprobaremos cual de los dos sopla con más fuerza.
A las 8 de la mañana del sábado nos despedimos de Ushuaia, cuando la ciudad empieza a despertar, un último vistazo al Canal Beagle y...”bye, bye, Ushuaia”. Otra vez cruzar toda Tierra de Fuego y tomar la barcaza del Estrecho de Magallanes. Al desembarcar tomamos dirección a Río Gallegos, punto clave durante la guerra de las Malvinas. En la actualidad puede verse que parte de la carretera tiene una anchura fuera de lo normal, durante la contienda fue ensanchada para que los aviones del ejército argentino la utilizaran como improvisada base de despegue y aterrizaje y son numerosos los carteles con la leyenda “Las Malvinas, argentinas” y los monumentos dedicados a los caídos en aquella contienda.
El barro, el agua y el polvo han destrozado la corona trasera de mi moto, malamente aguanta hasta Río Gallegos y los dos dueños de SM Motos renuncian al asado que tenían previsto para esa noche de sábado. Con un impecable trabajo de torno y soldadura me ayudan a acoplar una corona nueva en mi moto. Durante las cuatro horas que dura la reparación tenemos tiempo de hablar de muchas cosas, de las Malvinas, de la pasada dictadura militar y de la actual “dictadura económica”, de la vida en Argentina y, cómo no, de motos y anécdotas de viajeros que como yo, encontraron en su ayuda la forma de poder continuar su viaje hacia el norte o el sur. Ya es más de medianoche cuando salgo a probar la moto por una oscura y solitaria avenida de Río Gallegos, todo correcto, les invito a unas cervezas y...otra noche que va a ser más corta de lo que mi cuerpo desearía. He parado a esperar a Juan ya que hace tiempo que no veo su luz en mi espejo y al poco se detiene un coche, “Uhm, mala señal...” pienso, el conductor baja la ventanilla y me dice “oye, que a tu compañero se le ha roto la cadena de la moto y está parado unos 5 km. atrás”.
La situación es la siguiente, estamos a más de 70 km. del punto habitado más cercano, es domingo por la mañana, no sabemos si allí habrá una cadena para la moto y, si además de la rotura, la moto tendrá alguna otra avería. Me toca hacer de San Bernardo, 75 km. para atrás, localizar en el pequeño pueblo una cadena de la misma medida (hecho), una camioneta, para cargar la moto, por si tiene algo que no se puede reparar en la carretera (hecho), volver hacia el norte, montar la cadena y...rezar para que la rotura no haya provocado otra avería mayor. Tenemos la suerte de cara, sobre todo Juan, que ha visto muy de cerca que su viaje terminaba aquí, y sólo ha sido la cadena, todo esto nos retrasa más de 2 horas, lo que significa que llegaremos otra vez de noche a nuestro destino ¡¡¡qué ganas de llegar a un hotel a media tarde, aunque sólo sea por un día!!!. Hoy récord de km., entre idas y venidas más de 900.

El último cruce de fronteras
Es día 13 y el 15 tenemos que tomar un barco en El Chaitén y nos separan más de 1.300 km., espero que no nos surjan más imprevistos o no podremos embarcar y, en esta época del año, continuar hacia el norte desde El Chaitén, sólo es posible por vía marítima. Parece que han cesado nuestros contratiempos mecánicos y solamente las lluvias que nos acompañarán durante gran parte de la carretera austral pondrán en peligro nuestra llegada en el día previsto. Después de cruzar Argentina de Este a Oeste, entramos por última vez a Chile por Chile Chico, al día siguiente cruzamos el Lago General Carrera o Lago Buenos Aires, ya que dependiendo de dónde esté editado el mapa (Chile o Argentina), recibe un nombre u otro, este lago es el segundo mayor de América después del Titicaca. Y llegamos a otro de los puntos clave de este viaje, la mal llamada Carretera Austral, austral sí que es, ya que es la más al sur de Chile, pero de carretera tiene sólo unos 150 km., los otros más de 400 son de una pista pésima y peligrosa. En Argentina el ripio es, normalmente, sobre inmensas llanuras, pero la Austral discurre toda ella por montañas con lo que ello significa, espectaculares paisajes, sí, pero también continuas subidas, bajadas y... curvas y más curvas, añádase a esto la lluvia, y todos sabemos lo que pasa si mezclamos tierra y agua ¡¡¡barro!!!. Pero con todo, es una de las rutas más bellas que se pueden hacer en moto. Si un paisaje parece espectacular, a cada curva, a cada cambio de rasante, mis ojos descubren otro, tanto o más que el anterior, montañas, vegetación, cascadas (cientos), ríos... se suceden uno tras otro. En otros lugares puedes encontrar algo parecido durante decenas o incluso algún centenar de km., pero es que aquí son más de 400 en medio de paisajes inimaginables. Si algún día el Gobierno chileno, logra asfaltar en su totalidad el tramo entre Coyhaique y El Chaitén, la cantidad de turistas que recibirán será inmensa, aunque, sin duda, los escasos habitantes de los pueblos que hay a lo largo de ella, perderán la tranquilidad de la que disfrutan ahora.
Unos 20 km. antes de El Chaitén, reaparece el asfalto y decimos definitivamente adiós al ripio. Al recorrer los últimos metros por él, acelero a fondo y siento una sensación mezcla de alivio y de pena, las piedras, el polvo, el barro..., el ripio nos ha maltratado a nosotros y a las motos, pero también nos ha permitido llegar hasta lugares a los que nos habría sido imposible acceder, incluso hemos llegado a disfrutar conduciendo por él.
Tres horas antes de la salida del barco llegamos a El Chaitén y nos vamos al muelle. Cuando estás de viaje al embarcar siempre tiene un “algo” especial, subir las motos, atarlas, charlar con los otros viajeros... El pasaje del “Alejandrina” es tan variopinto como los materiales que transporta, allí nos juntamos jóvenes y mayores, hombres y mujeres, chilenos que viajan hacia el norte en busca de un mejor futuro, o a visitar a algún familiar, algún vendedor con su carro de mercancías para Puerto Montt, unos camioneros camino de Santiago y, cómo no, un par de “locos” por los viajes en moto que cuando desembarquen en Puerto Montt (recuerdas la canción de Víctor Jara) les quedarán solamente 1.000 km. para finalizar su viaje.
El tráfico va en aumento, lo que significa que queda poco para Santiago, y de repente me oigo gritando dentro del casco “Pucha (expresión que me enseñaron en Punta Arenas y que viene a ser algo así como ¡lástima!), qué pena, esto se acaba”, pero al mismo tiempo estoy contento por cómo nos ha ido en nuestro recorrido por los dos países.
Durante estos últimos km. tengo tiempo para repasar lo vivido estos días. Atrás quedan 8.000 km., 17 días de viaje, 900 litros de gasolina y 1,5 de aceite consumidos, alguna jornada de más de 14 horas de moto, lluvias, vientos, averías, caídas, pocas horas de descanso...pero también momentos inolvidables, y mentalmente doy las gracias a todas las personas que nos han ayudado o hemos conocido, unas tienen nombre como Jeremías, Ariel, Marite, Tato, Diego, José Francisco...otras son solamente un rostro en mi mente o en una foto, pero para todos ellos va mi agradecimiento.

   





 
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