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Aparecido en:  El Adelanto
 
Fecha de Publicación: 17/05/2010

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Wences Moreno

   
 

Wences murió con más de cien años. Quizá ciento dos. Me contaba, orgulloso y satisfecho, en una de las muchas cartas que cruzamos: "Voy a ser centenario porque me cuido y nunca me llevo disgustos. O los que me llevo no los tomo como tales".

WencesMoreno, el mejor ventrílocuo del mundo, tío del actual promotor teatral José Luis Moreno y ex ventrílocuo, había nacido en Peñaranda de Bracamonte. Era amigo mío porque, al morir mi padre, del que sí era buen amigo, Wences sentía la necesidad de mantener la amistad con gente de Salamanca que le contara por carta cosas de la tierra común. Fue, por tanto, la suya una amistad heredada.

Recuerdo que le hice una larga entrevista para Radio Nacional de España en la que me contó una gran cantidad de anécdotas de su vida, primero como artista de la televisión americana y después de su jubilación, en la que aparecían como amigos suyos personajes de la categoría de AndrésSegovia, XavierCugat, Dalí, Margarita (él la llamaba Margarita, Margarita Cansinos aunque los americanos la conocieran como RitaHayworth y su padre), FrankSinatra, el pelirrojo DannyKaye, y otros muchos artistas del cine y de la televisión y de los grandes escenarios.

Wences era uno de ellos, una gran estrella del espectáculos al que conocieron como "Señor Wences" y fue considerado el único ventrílocuo del mundo. "Se hacía" el muñeco con el que actuaba cada vez que había que salir a la escena o al plató de la tele. Observen la fotografía, muy conocida, que nos acompaña y verán que el muñeco, Johnny, no es una cabeza con una boca articulable, sino que está hecho del siguiente modo (y así fue siempre):

La boca está formada por los dedos pulgar e índice de la mano de Wences. La nariz es un pegote en este último dedo. Los ojos salen de debajo de la peluca y están formados por dos recortes de plástico (plexiglás) blanco sobre el que se han pegado dos botones grandes. La peluca sirve también para ocultar la mano, uno de cuyos dedos mantiene colgado el traje que viste el muñeco ocurrente y listo.

El mes de abril era un mes fatídico para Wences. Fue un mes fatídico y venturoso, pues nació y murió en ese mes. Siempre venía por Salamanca en el mes de septiembre, por ferias, y aparecía por el Gran Hotel bajando de su gran coche (uno de los seis que hizo Cadillac para los grandes artistas americanos a un precio simbólico) con una pala matamoscas en la mano. Las moscas eran su entretenimiento, diversión, pasión y duelo.

En los últimos años venía a Alba de Tormes, donde se pasaba una temporada (alojado en el hotel Benedictino) pescando y disfrutando de su fama popular. Allí le visité algunas veces (por cierto, unos pimientos rellenos que pedí en el restaurante del hotel salieron de la cocina tan recién hechos y agresivos que me escaldaron el paladar y casi no pude hablar con quien hablaba tan bien con el estómago). Fue ventrílocuo porque no pudo ser torero, su auténtica vocación. Me contó, ya jubilado, que solía descansar cuatro meses del año porque si trabajaba más tiempo el Fisco se llevaba una gran tajada de su sueldo y él no estaba por la labor.

Su primera actividad artista desarrollada en Salamanca, por lo que me contó, fue de mozo trabajando en Montemayor de cuentachistes y malabarista. Más tarde se alistó en la compañía de Dora, la gitana, que le pagaba 5 pesetas por actuación. Al Circo Price llegó en 1924 y formó en espectáculos de fuste junto a La Argentinita, La Goya, las Hermanas Piquer y otras artistas del momento. Cuando ahorró sus primeras 9.000 pesetas se fue a Buenos Aires, de donde regresó cariacontecido por no encontrar trabajo en el mejor teatro bonaerense. El empresario le vino a buscar a Madrid, debido a que la fama de Wences ya trascendía, pero nunca le dijo que en su teatro había sido rechazado un día.
Podría estar escribiendo anécdotas de WencesMoreno durante muchas más líneas del periódico. Y a lo mejor algún día echo mano de aquella larga grabación en la que me relataba un sinfín de peripecias de su vida. El mucho dinero que ganó lo gastaba con generosidad y orden. Para hacerme una demostración de sus capacidades humorísticas y fonéticas cierto día me enseñó su maletín de pesca, donde iba la caña plegada y una gran colección de cebos, que él llamaba "su granja" y de la que en un momento salieron relinchos de caballos, rebuznos de asnos, mugidos de vacas, cantos de pájaros; todos encadenados como en un muestrario de voces. Todas aquellas voces salían de su propio cuerpo, menudo y fibroso y con un gran corazón que, para no hacerle sufrir al hombre que tanto divirtió a la gente, un día del mes de abril, se paró mientras dormía en su casa de Nueva York.

   





 
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