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Aparecido en:  La Gaceta
 
Fecha de Publicación: 10/05/2010

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Libros, Alba y Santa Teresa
ÍÑIGO DOMÍNGUEZ DE CALATAYUD

   
 

E ste mediodía —ayer para el lector— me he bajado a la Plaza Mayor a la Feria del Libro. Una pena por el mal tiempo. En algunos momentos, casi diluvio. Lo sentí por mí mismo, por lectores empedernidos con los que me crucé en el camino y por los libreros, que todos han hecho un cabal esfuerzo para responder al reto. A los de la Junta, que en la presente edición se han generosamente arrimado a Valladolid, que ya se sabe que los de allí van como si fueran de Bilbao pero sin motivo, y a León, que siempre, a lo tonto, acaban por llevarse la parte de su nombre, han dejado tirada en la cuneta a Salamanca, que les den.
La verdad es que no había mucha gente. Entre que el personal no es muy proclive al libro y que el cielo amenazaba lluvia, una pena. Me he comprado tres libros. Uno de ellos, un capricho, una edición especial de las obras de Santa Teresa de Jesús. Craso error, pues no me acordaba de que en mi biblioteca del piso de abajo ya tenía otras, provenientes de la amplísima y nunca superada herencia bibliográfica de don Xavier, mi señor padre.

Total, que al llegar a casa, he cotejado ambas ediciones y he comprobado que la que tenía de siempre es mucho mejor. Se trata de una edición especial de 1950 de la casa Plenitud, encuadernada muy galanamente, de la que sólo se imprimieron 3.000 ejemplares —mi volumen es el número 2.516— y que da gusto ojear y ver la maravilla de la textura de su papel y la elegancia de su tipografía.

Bueno, a lo que voy, que con el libro de las obras completas de Santa Teresa debajo del brazo me ha entrado un pálpito aquí, o sea, en el quinto espacio intercostal de la izquierda —dicho sea esto último en el buen sentido de la palabra—, y he cogido el auto y me he ido a Alba a tomar el aperitivo.

No sé qué tiene Alba de Tormes que siempre me emociona en cuanto en la carretera la veo de lejos. No digo cuando cruzo el río y cuando me acerco a la zona de la Santa, Doctora de la Iglesia. Casi nada. Será que me educaron así y que he leído mucho de lo que ella dejó escrito, pero esa señora me merece un impresionante y rendido respeto.

Cotejando las dos ediciones de las obras completas teresianas para ver en qué se diferenciaban, me he entretenido —mejor, me he abstraído— leyendo el prólogo de la que tenía en casa. Ramón Menéndez Pidal. Una hora de lectura de la que, por lo que voy, transcribo unas líneas. Santa Teresa, Doctora de la Iglesia, no era una erudita. No sabía escribir en castellano, pero lo que decía y lo que escribía lo decía de alma. De alma de Dios.

Esto escribió con su santísima humildad aquella memorable "mujer inquieta y andariega": "¿Para qué quieren que escriba? Escriban los letrados que han estudiado, que yo soy una tonta y no sabré lo que me digo; pondré un vocablo por otro con que haré daño". Nuestra admirada y mundialmente venerada Santa no tenía estudios, pero lo que escribió es una de las joyas de la corona del pensamiento católico. O sea, que escribía an por aún; ipócrita, proguesía por hipocresía; catredrático, por catedrático; primitir, por permitir; carrastollendas por carnestolendas; muestro, por nuestro; primitir, por permitir…En su propio asunto, de lo de su vida misma, escribía ilesia y relisión por iglesia y religión. Al decir de Menéndez Pidal, era un estilo ermitaño cuajado de espontaneidad. Y sublime, por supuesto. Aconsejo seriamente releer su obra.

Y, para que aprendan a expresarse, aunque muchos no sepan castellano, se lo aconsejo a los senadores del Reino de España que a partir de poco podrán hablar en su cámara en sus lenguas de taifas, todas ellas muy cultas y de acendrado respeto, mediante carísimos intérpretes, con auriculares, o sea, como si estuvieran en la ONU, cuando dos minutos antes, en los pasillos, en el parking o en la cafetería todos ellos estaban tan rica y panchamente hablando en español.

Una carísima coña marineira, tú.

   





 
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