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Aparecido en:  El Adelanto
 
Fecha de Publicación: 09/10/2009

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EVOCANDO EL PASADO

   
 

La presencia de ruinas y restos arquitectónicos es un elemento ligado al paisaje de nuestra provincia. No hay más que ponerse en marcha a recorrer caminos y pueblos para comprobarlo.
Bien es sabido que en la mayoría de las ocasiones estos edificios, en otro tiempo bien conservados, encontraron su ruina durante el trágico siglo XIX. Guerras, desamortizaciones y la desidia de las autoridades, los convirtieron en montones de escombros. Ni siquiera hoy el patrimonio está del todo protegido, y ahí están los casos en la capital del teatro Bretón o el antiguo Gran Hotel.
Al final no queda más remedio que hacer un esfuerzo para intentarnos hacer una idea de cómo fueron y qué representaron. Qué importante hubiera sido su conservación, aunque sólo fuera como reclamo cultural y turístico, que con los tiempos que corren, como agua de mayo vendría la recaudación que estos espacios histórico-artísticos generaran. Y si no, que pregunten en otros lugares, donde el acceso a cualquier monumento puede llegar a costar hasta diez euros por persona.
Afortunadamente todavía se pueden encontrar iniciativas marcadas por la sensibilidad. Y llama la atención el caso de Alba de Tormes y su castillo, que desde aquí quiero hoy aplaudir. El torreón del antiguo castillo-palacio de los duques de Alba siempre ha estado ahí, erguido sobre un promontorio privilegiado, desde donde se puede otear un amplio horizonte. A pesar de que lo conservado es un porcentaje mínimo de los que fuer en los siglos XV y XVI, el Ayuntamiento de la localidad siempre ha prestado una atención especial. Desde principio de los años noventa, cuando la actual familia de los duques de Alba lo cedió para el uso turístico, no han cesado las intervenciones para recuperar en la medida de lo posible el antiguo esplendor de la fortaleza. Y los frutos de este celo por conservar y legar la cultura del pasado no han sido pocos a lo largo de estos últimos años. Destacar sobre todo la puesta en valor de las espectaculares pinturas que encierra el torreón en su segunda planta, que nada tienen que envidiar a los frescos de el Escorial y con una composición de paisajes y personajes digna del más puro clasicismo. También el descubrimiento del medallón de mármol blanco de Carrara, tallado por sus dos lados, debió de ser un momento intenso. Es uno de los pocos restos que se han conservado de la famosa galería de mármoles que tenía el castillo uniendo dos de sus torres y de la que los que pudieron visitarla hablan maravillas. Los dos personajes tallados en esta pieza invitan a la contemplación durante un buen rato. Uno con semblante serio y coronado de laureles, al más puro estilo imperial romano. El otro, de apariencia más joven, tocado con un casco de influencia griega que reproduce dos caras en su decoración. Causa una sensación desagradable la contemplación del busto, también de mármol, del Gran Duque de Alba, Fernando Álvarez de Toledo. Cuentan las guías del lugar que los soldados franceses, incapaces de cargar con ella para enviarla a Francia, se ensañaron con ella hasta desfigurarle el rostro.
Hoy el castillo sigue de plena actualidad, cada año aumenta el número de visitas y ahora se trabaja para recuperar todo el entorno, con una nueva oficina de turismo y centro de recepción de visitantes. A más largo plazo se pretende convertir un antiguo patio, hoy completamente demolido, en un jardín renacentista, similar a los que el palacio pudo lucir originalmente.

   





 
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