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Aparecido en:  Tribuna de Salamanca
 
Fecha de Publicación: 25/08/2008

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OPINIÓN
FUERA DE PLANO - ANA HERNÁNDEZ

   
 

Rozamos la gloria y durante algunos instantes nos creímos casi los reyes del cielo. Era prácticamente imposible coronarse, pero no lo descartamos hasta el último instante, como quien confía en que ocurra algo providencial, fruto de un deseo divino, o simplemente invoca a la suerte para que surja el milagro. Al final, medalla de plata para el baloncesto español y para un grupo sin complejos que ofreció algo más que un partido, todo un espectáculo que descubrió muchos valores del equipo de los Gasol, Rudy, Navarro, Ricki y compañía. Ellos, el último día de los Juegos, nos dieron eso que no pueden quitar los árbitros a pesar de sus ayudas al contrario. Fue única la experiencia de sentir que hasta lo imposible podía dejar de serlo.

Hoy este acontecimiento deportivo, dicen que histórico, volverá a medirse en términos de audiencia. Como parece que la importancia de las cosas es consecuencia de su repercusión ahora toca hacer balance y sacar conclusiones. Número de medallas, ubicación en el ránking de países, de más a menos, aunque nos hayamos hartado a ver decisiones poco justas y demasiadas manipulaciones fuera y dentro de la competición. El deporte también es lo que se quiere que sea. Los JJOO nos dejan, como la vida, grandes alegrías y otras decepciones, motivos para sentirnos orgullosos y para avergonzarnos.

Lecciones para aprender y otras para que no se repitan, como las que se pueden extraer del dramático accidente de Barajas y de una catástrofe capaz de conmover y sacar lo mejor del ser humano, pero que también revela sus miserias. No deja de hablarse del tratamiento informativo que los medios eligen para abordarlo y de sus excesos y abusos. La tragedia se mide por el número de víctimas, pero luego se traduce en términos que buscan otra rentabilidad y es cuando la cosa se desvirtúa. Cuántos afectados están viviendo su peor experiencia y se agarran a lo que pueden para superarla, y ruegan a los forenses que acaben pronto con las identificaciones y a los expertos, a la empresa y a la Justicia que se ajusten a la verdad. Cuántos de ellos para alcanzar la paz, más o menos creyentes, apelarán a Dios y a una experiencia religiosa que aflora con la muerte de sus seres queridos.

Aunque no todas sean místicas, como la que la vivió Santa Teresa, que hoy volverá a salir en procesión por las calles de Alba y la villa ducal se entregará a su patrona con muestras de un fervor y de una devoción difíciles de expresar con palabras. Pero lo sienten así, como algo propio, como un personaje ligado a su historia al que se encomiendan en los momentos difíciles, o al que agradecerle lo que de bueno les brinda la vida. Su salida de clausura será seguida por numerosos fieles, por quienes llevan a la práctica su fe acorde con lo que dicta la Iglesia Católica. Habrá también muchos testigos movidos por la tradición y la costumbre más que por la convicción, quizá menos coherentes pero igual de fieles a la cita. Este pueblo salmantino que hasta el miércoles disfruta de sus fiestas veraniegas gira y avanza en torno a una figura que sigue atrayendo cada año a miles de visitantes. Lo cierto es que no se ha agotado esa experiencia mística que expresó Santa Teresa, de inmenso dolor y a la vez de un amor a Dios tan fuerte que le traspasaba el corazón. Con más o menos mística cada cual afronta la vida entre esos polos que continuamente rebotan, dolor y placer.

   





 
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