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Aparecido en:  La Gaceta
 
Fecha de Publicación: 25/05/2008

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Pintor al servicio del rey

   
 

En 1570 un artista flamenco pasó con plumas y pinceles por estas tierras. Se acercaba el final de su vida y cumplía con las últimas etapas de viajes que le llevaron a través del territorio peninsular cumpliendo un encargo de Felipe II: pintar el perfil de las más bellas ciudades y villas de España. Nos legó dos vistas de Salamanca y Alba de Tormes, excepcionales tanto por su indudable valor artístico cuanto por su perfección y detalle topográfico. Al tiempo, constituyen dos extraordinarios testimonios históricos que nos permiten asomarnos a un mundo que, para bien y para mal, hemos perdido.

Hubo que esperar a mediados del siglo XIX para que la personalidad y la obra de este artista viajero, considerado en vida, y en la actualidad por los especialistas como “el mejor dibujante de vistas de ciudades de su época”, empezasen a salir del olvido en el que se sumieron a poco de su muerte. De hecho, a día de hoy muchas parcelas de su peripecia biográfica nos siguen siendo desconocidas, tanto que hasta no hace mucho incluso se le identificaba erróneamente con otro pintor flamenco del momento Antonio de Bruselas.
Antón van den Wyngearde, o Wijngaeerde, que de ambas formas firmaba sus dibujos, debió de nacer en la ciudad flamenca de Amberes en torno a 1510. De los primeros años de su existencia (familia, estudios, formación artística…) apenas ha quedado noticia. Se sabe que hizo de los viajes una constante vital. Sus dibujos “ad vivum” certifican su paso y estancias sucesivas en los Países Bajos del norte y del sur, Alemania, Italia, Inglaterra, Francia y, por último España donde desarrolló su trabajo itinerante a lo largo de la última década de su vida. Murió en Madrid el 7 de mayo de 1571, como atestigua su partida de defunción, que ha sido localizada, n así su testamento, que sin duda aclararía muchas lagunas en la vida del personaje. Su trayectoria viajera, siempre vinculada al ejercicio de su arte, ha sido reconstruida a partir de la datación de los dibujos y grabados que realizó. Según Montserrat Galera, autora de una magna cartoviobliogaría razonada de los dibujos y grabados y ensayos de reconstrucción documental de la obra pictórica (Barcelona, 1998), Wyngaerde compaginó ya desde joven en el curso de los viajes, y en su faceta de dibujante, la representación topográfica de ciudades europeas –primeras obras, 1532- con el reflejo de hechos de armas y contiendas de las tropas al mando del emperador Carlos y su hijo: entre otras, las batallas de San Quintín (1557) y Gravelinas (1558), que plasmó en un buen número de dibujos. Felipe II trabó probablemente conocimiento directo con el artista en el primer viaje del heredero real a los Países Bajos, haciéndose acompañar por él en el tiempo que pasó en Inglaterra con motivo de su matrimonio con María Tudor. De esta época ha quedado un obra absolutamente maestra: la vista de Londres dibujada en catorce grandes hojas de papel.
Mecenazgo real. En 1561 Wyngaerde llega a España a requerimiento de Felipe II. Viene acompañado de su esposa y una hija de corta edad. Según un documento conservado, trae consigo un abundante material de dibujo y pintura, así como muestras de su arte. Incorporado a la corte, pronto será nombrado pintor de cámara del rey. De su obra pictórica no tenemos más que testimonios indirectos: algunos relatos de viajeros que lo citan y referencias en catálogos de las colecciones reales. Al parecer, se le encomendó la decoración (en frescos y lienzos) de varios de los palacios reales, en concreto el Alcázar de Madrid y El Pardo; es probable que algunas de estas obras, que firmó como Antonio de las Viñas, pasaran también al monasterio de El Escorial. Todas se perdieron en los sucesivos incendios, el más grave el que ocasionó en 1734 la destrucción del alcázar que asolaron el patrimonio regio a lo largo de los siglos XVII y XVIII. No obstante, podemos contemplar la herencia de Wyngaerde a día de hoy en las pinturas murales de la Sala de Batallas del monasterio escuralense que conmemoran la batalla de San Quintín, inspiradas según Jonathanb Brown en los dibujos sobre el terreno hechos por el artista.
Vistas de ciudades. Con todo, el gran proyecto para el que Wyngaerde fue llamado a Madrid y por el que hoy es justamente reconocido y admirado, fue el deseo de Felipe II de hacerse con un amplio repertorio de vistas de ciudades españolas, motivado por lo que llamaríamos interés geográfico (a la vez que político) del rey, y que acabaría concretándose, además, en los planos de ciudades neerlandesas encargados a Jean Deventer (1559- 1572) y en las conocidas como Relaciones Topográficas (1574). Se ha especulado con bastante fundamento que la verdadera y última intención del Rey Prudente era la publicación de un atlas de ciudades españolas que habría de salir de las prensas de Platino, en Amberes, y que mostraría al mundo con un trasfondo netamente propagandístico las más bellas escenografías urbanas de la monarquía hispánica. Las alteraciones en los Países Bajos dieron al traste con esta realización, que no hubiera desmerecido al lado de una de las mayores obras cartográficas y planimétricas de todos los tiempos, el Civitates Orbis Terrarum, de Braun y Hogenberg, en el que colaboró Hoefnagel también con vistas españolas y que probablemente coincidió con Wyngaerde en España.
Durante una década, el artista flamenco viajó por buena parte de la península (con excepción de Portugal, aún no incorporado a la Corona), facultado por reales órdenes para “pintar la descripción de algunos de esos pueblos principales”. El fruto de estos viajes fueron bocetos, estudios, dibujos preparatorios y medio centenar largo de vistas acabadas de ciudades y villas españolas que constituyen a día de hoy magníficas piezas de arte pero, sobretodo, una fuente histórica de primer orden, tanto más cuanto que de muchas de estas ciudades, pensemos en Salamanca o Alba, no conservamos representaciones gráficas de calidad y detalle no ya artísticas, sino topográficas, lejanamente comparables hasta bien entrado el siglo XIX. Mayoritariamente se trata de vistas panorámicas, abarcando por lo general un territorio más amplio del que una simple ojeada proporcionaría de la ciudad, villa o lugar, desde una perspectiva elevada (real o imaginaria), con toponimia sobre el mismo dibujo en leyendas o cartelas al pie y usos de números de referencia, trazadas a lápiz y repasadas en tinta en el caso de los dibujos acabados y terminadas a color en tenues aguadas. Destaca en toda la minuciosidad topográfica y la introducción de elementos de la vida cotidiana que humanizan el paisaje urbano y el entorno circundante. En opinión de Richard Kagan, parafraseando a Peter Laslett, la obra de Wyngaerde nos retrotrae a un “mundo que hemos perdido” pero que en buena medida podemos recuperar y explorar gracias a la misma. Afán de recuperación fue justamente lo que movió a Kagan a dirigir la publicaci`´on de la integral vistas españolas, aparecidas en gran formato y magnífica edición en 1986 bajo el título Ciudades del Siglo de Oro. Los originales se conservan en la Biblioteca Nacional de Viena, el Ashmoleanum Museum de Oxford y el Victoria y Albert Museum de Londres.
Medieval y renacentista. La vista de Salamanca que aquí se reproduce parcialmente, custodiada en Viena, es un dibujo final a pluma en tinta sepia y con aguada de color. Firmado por el autor y fechado en 1570. Su tamaño original es de 295X1497mm. Retrata la ciudad desde los arrabales transtormesinos, Una urbe medieval, todo el perfil intacto de la muralla es perfectamente visible, sobre la que, en estos finales del Quinientos, se destacan los “fragmentos renacentistas” que, si bien no ha alterado el plano en esencia, acabarán dotándola de especificidad. Ahí está la catedral nueva, de la que se ha concluido el crucero y elevado el campanario, ante la cual la catedral vieja con su perfil almenado y Torre del Gallo se hace visible. Ahí también San Esteban, cuya fachada se aprecia y del cual falta aún por levantar el cimborrio. Las Escuelas Mayores, colegios como el del Arzobispo, en perspectiva forzada para que se aprecie mejor su mole.. Y las iglesias, los conventos, intramuros o extramuros, no pocos desaparecidos. El caserón de los benitos en el teso de San Vicente, derruido, como tantos otros edificios del flanco suroccidental en la guerra contra el francés. La ciudad se abre y expande por su vertiente meridional. Al norte, la Armuña llega hacia las mismas puertas-que entonces lo eran de Villamayor, de Zamora de Toro de Sancti Spiritus. Junto al Tormes, a uno y otro lado del río- puente romano con los añadidos medievales, torre y almenas de cantería- humildes casa bajas con huertas y corrales. Enfrente del espectador, tenerías, ribera de curtidores que asciende pegada a la muralla alejándose de una casa de varias alturas alojo de mancebas..Siga el lector por donde guste en su recreación.
La villa ducal. De Alba de Tormes se conservan dos vistas, ambas también e Viena. Un dibujo definitivo en tinta firmado por Wyngaerde y fechado igualmente en 1570, de 150X825mm, y un estudio para grabado probablemente de otra mano. El primero, reproducido aquí parcialmente, presenta la particularidad de la cuadrícula superpuesta, lo que indica que se había iniciado el proceso para su impresión en plancha. De hecho, gracias al testimonio de Hendrick Cock, flamenco al servicio de Felipe II y representante de Platino en España (entre otras ocupaciones), sabemos positivamente que este dibujo estuvo durante un tiempo en la imprenta de Platino.
La villa ducal se nos presenta presidida por la imponente más a del castillo medieval, desde el siglo XV vinculado al linaje de los Toledo, primero condes y después duques de Alba. Están a punto de concluirse, eso sí, las obras que lo han convertido en palacio renacentista: conservando el torreón, del que en 1571, un año después del paso de Wyngaerde, se terminarán las pinturas mitológicas y con escenas de la batalla de Mühlberg en el salón circular, se aprecian perfectamente las galerías italianizantes y las torres circulares y cuadrangular con cubierta en chapitel de pizarra de influencia flamenca. Unido al castillo por la cerca, el Turrión o torre del polvorín, cuyos restos son reconocibles hoy día sobre un espolón rocoso junto al río. Aquí, el puente de veinticinco arcos del que ya Münzar hablara, un molino, la represa, el hospitalillo de San Lázaro junto al que cabalga un jinete..La villa se extiende hacia poniente, a refugio de una modesta cerca que se intuye pero casi no se aprecia en el dibujo. La plaza, el mercado, el peso de la harina. Y las iglesias (tantas desaparecidas..), en románico mudéjar de ladrillo, como las de Santiago, San Esteban, Santo Domingo, San Salvador, Santo Tomé, San Pedro, San Miguel, San Lázaro, San Jerónimo, San Francisco…Una villa del medievo a la sombra de los campanarios y las torres nobiliarias. La que dibujó un flamenco un año antes de que Teresa de Cepeda fundase su convento.

   





 
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