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Aparecido en:  El Adelanto
 
Fecha de Publicación: 13/11/2005

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Salamanca en Sepia. Nacho G. Sas.
Tragicomedia mariana en Alba de Tormes
El Papa Clemente y sus muchachos estuvieron a punto de ser linchados por un burdo rumor

   
 

El Papa Clemente era un jeta, un loco y, por encima de todo, el primer friki de una larga saga. Después de él vinieron Carlos Jesús, Aramís Fuster, la bruja Lola y en ese plan. ¿Qué les faltó a éstos para volar tan alto como aquél? O mejor dicho: ¿Qué les sobró? Pues creo que cobertura informativa. Si Clemente Domínguez (Sevilla 1946-Utrera 2005) hubiera derramado 16 litros de sangre por sus llagas en pleno siglo XXI en lugar de en los primeros años 70, me juego la nómina a que alguna cámara oculta de Pedro J. o del Tomate le habría echado abajo el quiosco que se montó con las supuestas apariciones marianas en el pueblo sevillano de El Palmar de Troya.
Primero, como digo, se estigmatizó. Después, ya con miles de primos en el bote y con cientos de millones en el bolsillo, mandó construir una Basílica para su Iglesia Cristiana Palmaria y autoproclamó Papa, porque, según le había dicho Dios:”La masonería y el comunismo están bien infiltrados en el Vaticano”. A partir de ahí se soltó la melena: excomulgó a Juan Pablo II y a toda la Familia Real, y canonizó a Franco, José Antonio, Escrivá de Balaguer, Hitler... En fin, todo un delirium tremens a la española.
Con semejante currículo, fuera de los muros de su finca celestial, el Papa Gregorio XVII –que así se hizo llamar- era tratado con la misma delicadeza que Tamara Seisdedos en una discoteca de adolescentes. Con ese panorama, él y sus muchachos se presentaron un buen día –el 17 de mayo de l982- en Alba de Tormes, donde se montó la de Dios es Cristo. El argumento perfecto para una peli de Berlanga.
Todo empezó en la iglesia. Allí, el padre prior de los Carmelitas mostraba a un grupo de peregrinos –entre los que se encontraba la tropa palmaria- las reliquias de Santa Teresa. En ésas, el cura explicó la importancia de la próxima visita de Juan Pablo II a la localidad salmantina. Entonces, fuera de sí, nuestro protagonista gritó:¡ Aquí no tiene que venir ningún Papa nada más que yo!”.
El lío ya estaba montado. Clemente comenzó a llamar “rameras” a las monjas carmelitas, a despreciar a la Santa, y a repartir excomuniones a diestro y siniestro. A partir de ahí le tocó el turno a los puñetazos y el atrio del templo se convirtió en un ring de boxeo. Cuando Clemente y sus ocho obispos le vieron las orejas al lobo se refugiaron en los coches, pero la chispa del fanatismo ya había prendido en el ánimo de los lugareños, que pensaban que los del Palmar habían robado el cuerpo de la Santa. ¿De dónde salió el rumor? Supongo que de los nervios, la falta de información, las prisas... El caso es que el bulo se extendió entre los vecinos más rápido que la gripe aviar en una granja de pollos y, en cuestión de minutos, todo Alba rodeaba amenazante los papamóviles troyanos. Así lo contó El Adelanto: “El pueblo se convirtió en Fuenteovejuna y, todos a una, se fueron por Clemente y su séquito de obispos. Fueron cientos de personas las que se congregaron en la plaza de Santa Teresa, personas que proferían abucheos repetidos. Los más atrevidos pasaron de los insultos y abucheos a la obra, y los dos coches de los del Palmar, con ocupantes dentro, fueron volcados y puestos patas arriba después de ser golpeados y registrados. Clemente y sus seguidores se pusieron más pálidos que la cera: temblaban al ver cómo un pueblo podía lincharles en cualquier momento (...)”. Y si no es por la Guardia Civil, que apareció de pronto para salvar la vida de aquellos integristas con sotana, los salmantinos tendrían hoy su Puerto Hurraco particular.
Llega el auxilio de la Benemérita
Una vez puestos a salvo los provocadores en el interior del convento, el alcalde y el párroco desmintieron públicamente el intento de robo de las reliquias teresianas e intentaron calmar los ánimos de la población, pero todos sabemos lo fácil que resulta encender un fuego y lo mucho que cuesta apagarlo. Así que los albenses continuaron con su intento de agresión cuando la furgoneta de la Benemérita sacaba a Clemente y su camada del pueblo. Pero como no pudieron, o mejor dicho, no les dejaron hacer llegar la sangre al río, un grupo de jóvenes quisieron que allí fuera a parar el papamóvil. “El coche cayó en la orilla del río, quedando la parte delantera en el agua y el resto en la orilla. Después, alguien se bajó y prendió fuego al coche arrojando en su interior unos papeles y trapos ardiendo. Rápidamente las llamas se adueñaron de la totalidad del vehículo”, escribió el periodista de El Adelanto.
Y así terminó esta tragicomedia mariana en Alba de Tormes. Un episodio más de la inagotable serie de la España cañí que tanto nos sonroja y tanta audiencia tiene. El Papa Clemente se marchó a su refugio espiritual para no volver a poner los pies en la villa salmantina, que unos meses después recibió la visita del sucesor oficial de San Pedro.
Hoy, muertos Gregorio XVII y Juan Pablo II, los frikis de Dios aguardan impacientes la venida del otro Ratzinger.

   





 
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