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Aparecido en:  La Gaceta
 
Fecha de Publicación: 20/10/2007

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OPINIÓN
A los 25 años de la visita apostólica de Juan Pablo II a Salamanca

   
 

El próximo 1 de noviembre, Día de Todos los Santos, hace 25 años que el inolvidable Papa Juan Pablo II visitó nuestra Iglesia de Salamanca. Los que vivimos aquel acontecimiento, lo recordamos con gratitud y ofrecemos una leve reflexión. Nunca hemos tenido tan cerca al Sucesor de Pedro: “las cosas” que nos dijo no deben caer en el vacío. Sin duda, el Papa confirmó nuestra fe y nos ayudó —Dios sabe en qué medida— a iniciar una renovación a la luz del Evangelio en nuestra Iglesia local, que culminaría con el Sínodo Diocesano. Ecclesia semper reformanda. Nuestra fe madura con diversas etapas.
Este viaje apostólico tuvo tres cometidos: Visitar la Iglesia en Salamanca, clausurar el IV centenario de la muerte de Santa Teresa de Jesús junto a su sepulcro y ofrecer personalmente un mensaje teológico a la Universidad Pontificia.
El primer fin lo realizó en la dehesa de Alba de Tormes. Fue un acontecimiento extraordinario. En la amplísima explanada de aquel campo, a la vera del río Tormes, se congregó una multitud venida de todas partes, especialmente de las diócesis hermanas de la región del Duero y de las diócesis cercanas de la vecina Portugal para las que el Papa tuvo un agradecimiento especial por su desplazamiento.
En un templete sencillo —todavía quedan restos—, ideado y dirigido por el arquitecto Emilio Sánchez Gil, Don Mauro tuvo unas palabras de bienvenida, expresando al Papa la in- mensa alegría de tenerle entre nosotros, presentándole los sufrimientos y logros, los problemas y búsqueda de soluciones, las luces y sombras de la Iglesia en Salamanca.
Una niña, Ruth González, nacida el mismo día y hora en que Farol Wojtyla fue elegido Papa, subió al estrado para darle un beso. La niña con sus cuatro añitos recién cumplidos se vio en brazos del Papa que la besó y mandó que con su manita saludara al pueblo allí congregado.
Una madre viuda, que hacía poco había perdido a su hijo universitario, Víctor Mauriz, le ofreció con emoción la capa que usaba en la Tuna Universitaria. El Papa, siempre atento a la juventud, preguntó días después, vía Nunciatura, algunos detalles del joven fallecido.
El Ayuntamiento y villa de Alba de Tormes entregó al Papa un regalo singular: un cáliz con su patena amasado y construido con la tierra del primitivo sepulcro de la Santa, machacados los pedruscos y moldeados laboriosa y artesanalmente por los alfareros albenses.
El presidente de la Diputación, en nombre de la provincia de Salamanca, le ofreció una medalla de oro especialmente acuñada para Juan Pablo II.
La tarde de aquel día otoñal fue espléndida. A pesar de las heladas que en este tiempo caen sobre nuestras tierras salmantinas, aquel día, mañana y tarde, lució un sol con fuerza que animó la espera y la estancia del Papa. Prueba de esta climatología es una fotografía, que guardo con cariño, en la que se aprecia el asedio de hasta catorce tábanos que se posan en la blanca sotana y en el solideo del Papa. El zumbido de estos insectos no mermó la atención, la energía y el buen humor del Papa. Tengamos en cuenta que era el primer viaje que hacía fuera de Roma después del atentado del 13 de mayo de 1981. Los jóvenes crearon un ambiente festivo que contagió a la inmensa multitud, expectante y deseosa de ver y oír al Papa. Un periodista tituló esta espera como “La mejor fiesta de la Castilla rural”.
El Papa nos habló “con admiración y cariño”. Confesó que Santa Teresa, con San Juan de la Cruz, “ha sido para mí maestra, inspiración y guía por los caminos del espíritu. En ella encontré siempre estímulo para alimentar y mantener mi libertad interior para Dios y para la causa de la dignidad del hombre”.
Nos animó a los cristianos de la Diócesis de Salamanca “a seguir haciendo vida un mensaje en el que tanta parte ha tenido el alma de vuestro pueblo: ...la honradez, la laboriosidad, la discreción, el aprecio del hombre por lo que es más que por lo que tiene... mejorar los valores tradicionales de la familia... apreciar como lo más grande a Dios y al hombre en tanto que capaz de Dios”.
Nos dijo que “son tiempos recios” los que estamos pasando, que la emigración de los jóvenes empobrece nuestras zonas rurales... y nos invitó a superar estas dificultades: “os llamo a que tengáis ánimos para grandes cosas”. Y afirmó que únicamente en la experiencia teresiana del amor de Dios “encontraréis fuerzas y libertad para grandes cosas”.
Al final, en la dehesa se hace silencio. Es el momento de la oración. Juan Pablo II pronunció una bellísima plegaria, terminando con estas palabras: “Resuene en este gran templo la oración de tu Pueblo santo que, apoyado en tu Hijo y en fraternidad compartida, elevamos nuestra oración al Padre”. Y el Papa entona el Padrenuestro que, emocionada, canta toda la multitud congregada.
Miles de pañuelos blancos blandidos al aire, como corazones que laten al unísono con emoción y fuerza, despiden a Juan Pablo II que tiene que subir al convento de las Madres para clausurar el IV Centenario de la muerte de la Santa junto a su sepulcro. El Papa nos bendijo y nos confirmó en la fe.

   





 
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