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Aparecido en:  La Gaceta
 
Fecha de Publicación: 14/10/2007

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PEREGRINACIÓN
Camino sin caminar en mí

   
 

El pasado septiembre un numeroso grupo de fieles emprendido, un año más, la marcha teresiana que les llevó por los parajes que la santa recorrió desde Medina del Campo hasta Alba de Tormes.
La XXVII Marcha Teresiana celebrada el pasado mes de septiembre, resultó ser como siempre una celebración de la agonía. La agonía de Santa Teresa de Jesús, de su último viaje en esta tierra, del trayecto que desde Medina del Campo hasta Alba de Tormes la llevó a morir el 4 de octubre de 1582 en esta localidad. Desde 1981, con una notable participación de fieles, se lleva celebrando esta piadosa marcha andariega. Entre oraciones, silencios de rigor y celebraciones litúrgicas, los peregrinos se entregan a una caminata de perfección por los mismos lugares que Santa Teresa, en cuerpo y alma, recorriera durante cerca de dos días subida en una carreta. “Acabe ya, acabe aqueste sufrir. Ansiosa de verte, deseo morir”. Con extremos dolores físicos, con el sabor de la agonía, con la conciencia ineludible de que, gracias a Dios, todo lo negro de este mundo estaba a punto de acabar para ella.
Bajo el lema “La dicha de servir”, con la Marcha Teresiana no se pretende alcanzar un éxtasis colectivo, como uno de aquellos que traspasaban a Santa Teresa con la lanza de un ángel enamorado, sino que como dice la Hermandad de Alba de Tormes: “Lo que empezó como una aventura, se convirtió en una profunda experiencia humano-religiosa que nos animó a repetirla una y otra vez”. Los caminantes tratan de sentir en carne viva la experiencia de pisar los mismos senderos pedregosos que pisó la santa, los mismos arenales, la tierra yerma, baldía. Rememorar su figura aunque no sea descalza ni con sandalias de cuero o madera. “De mi camino el atajo y mi gloria sea la cruz”. Entrega, servidumbre y martirio, pero no tanto.
Desde la salida en el convento de las Madres Carmelitas de Medina del Campo ya se deja respirar el espíritu presente de la santa. “Porque tú eres mi aposento, eres mi casa y mi morada”. No en vano, se trata de uno de los muchos que fundó la sembradora de conventos y también allí se entrevistó por primera vez con San Juan de la Cruz, compañero de místicas y de fatigas. Que ya desde pequeña, la que por entonces sólo era Teresa de Cepeda y Ahumada, se dejaba llevar por la vocación: “Gustaba mucho cuando jugaba con otras niñas, hacer monasterios como que éramos monjas, y yo me parece deseaba serlo”, dejó escrito.
Con cánticos de guitarras y acordes resucitados, misas diarias, eucaristías y demás actos que hacen más llevadero el viaje, la Marcha Teresiana deja atrás El Campillo, Bobadilla, Villaverde, Fresno el Viejo, Cantalapiedra, Zorita de la Frontera, Nava de Sotrobal, Peñarandilla, Garcihernández y otros tantos pueblos donde alguno de sus habitantes salen al encuentro de los peregrinos, otros simplemente a verlos pasar. “Si el padecer con amor puede dar tan gran deleite, ¡qué gozo nos dará el verte!”. Siguiendo la cadencia letárgica de la oración y también las palabras de Santa Teresa, el cuarto día, 20 de septiembre, la Marcha llega a Alba de Tormes.
Y allí en el altar mayor dicen que está su cuerpo incorrupto. En un arca de mármol, guardado por nueve llaves. Tres tiene la Duquesa de Alba, otras tres las monjas del convento y tres el confesor de las monjas. “¡Qué duros estos destierros, esta cárcel, estos hierros en que el alma está metida!”. Y sus reliquias desperdigadas. El pie derecho y parte de la mandíbula en Roma, la mano izquierda en Lisboa, el ojo izquierdo y la otra mano en Ronda. “Vuestra soy, para vos nací, ¿Qué mandáis hacer de mí?”. Pero el corazón a buen recaudo en la iglesia de la Anunciación, en Alba de Tormes. Y el alma en otra parte, donde siempre estuvo. Y allí también el fin de la marcha, del camino. En la muerte está el deseo, la pasión de toda la vida. “Quiero muriendo alcanzarle, pues tanto a mi Amado quiero, que muero porque no muero”.

   





 
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