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Aparecido en:  Tribuna de Salamanca
 
Fecha de Publicación: 09/09/2007

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Alba de Tormes, Corazón de Barro
La alfarería, el emblema de la cultura albense

   
 

En Alba de Tormes tres alfarerías han resistido al paso del tiempo y a la voraz competencia de los productos de fábrica- si algo distingue a los alfareros de la villa Ducal, un pueblo tradicionalmente ligado al barro, es la filigrana, una forma de expresión propia que ha convertido las tradicionales piezas en auténticas obras de arte. El oficio lo han heredado de sus padres y abuelos y probablemente morirá con ellos.
Una puerta acristalada da paso a la alfarería de Felipe Pérez, uno de los últimos alfareros de Alba de Tormes que se ha resistido a abandonar un oficio que aprendió siendo niño y le vino heredado de su padre. Dos grandes vigas de madera sirven de apoyo a una hilera de utensilios de barro, bajo ellas el torno, custodiado por una pared de cemento donde Felipe posa otra hilera de jarras recién moldeadas que deben secar al aire durante una hora para soltar la humedad antes de introducirlas en el horno a una temperatura de mil grados.
Recorrer la tienda de este artesano supone dar un salto al pasado. A un paso del torno, una pila de barro espera que le den forma. En la sala contigua se encuentra el horno, rugiendo a todo trapo para que la figura coja fuerza, y por último una habitación con varias cristaleras que iluminan la estancia y las numerosas piezas que colocadas por colores muestran la habilidad y maestría de este veterano alfarero. A punto de cumplir 71 años sigue trabajando el barro por afición. “Llevo toda la vida dedicándome a este oficio, con sólo ocho años tenía que dejar muchas veces de ir a clase para ayudar a mi padre y desde hace treinta he llevado yo la alfarería por mi cuenta”, explica Felipe con orgullo, mientras muestra una de las numerosas piezas de su amplia colección.
SI LA ALFARERÍA sigue perdiendo adeptos en una lucha sin tregua contra las fábricas que realizan las piezas a máquina, sus piezas se convertirán en artículos de coleccionista. “Está muy claro porque este oficio va a menos, es imposible hacerse rico con esto y hay que trabajar muchas horas para sacar un jornal digno”, asegura Felipe, que sabe muy bien lo que es trabajar a destajo y sin vacaciones para poder llegar a fin de mes, y eso que en su caso, tuvo que compaginar el oficio trabajando de funcionario durante treinta años.
“Tengo cinco hijos, dos varones y tres hembras, y había muchas letras que pagar, yo sé muy bien lo que es trabajar más de doce horas al día”, explica Felipe. Antaño este trabajo suponía además un doble esfuerzo y es que no había rueda eléctrica y se daba forma al barro a base de pierna, “vamos ni un ciclista en la Vuelta España”, añade Felipe sin poder dejar de reírse. A este veterano alfarero no le falta sentido del humor, aunque le cambia la cara cuando recuerda a su mujer. “Después de tanto trabajo hace tiempo que lo podía haber dejado, pero me faltó mi mujer y me sirve de entretenimiento”.
Ahora cierra a buena hora la tienda, se asea y se va a tomar unos tintos con los amigos. “Nuestras vacaciones, 15 días en junio y otros 15 en julio eran para ir a las ferias, mi mujer me ayudaba mucho, pintaba las piezas, hacía tortugas y búhos, y pasó muchas horas conmigo trabajando, y luego cuando por fin podemos descansar la pierdo, es ley de vida, pero a veces es muy injusto”, relata con tristeza. El barro le acompaña y también a su familia, de hecho su hijo mayor trabajó mano a mano en la alfarería unos años, pero pronto descubrió que era demasiado esfuerzo para pocas ganancias. “Mis hijos conocen bien el oficio y los nietos prueban, y ya han hecho más de un cenicero, pero aunque me da mucha pena que no continúen reconozco que lo prefiero porque hay que trabajar a destajo y la cosa cada vez está peor”, afirma. Antes hacía piezas al por mayor y las enviaba a muchas provincias, incluso tenía clientes en Miami, “pero luego el plástico nos mató, ni macetas, ni pucheros, ni cazuelas de barro”, afirma. Si a esto le unes la competencia de las fábricas, donde el trabajo no es artesanal, pero aún así se vende como tal y a mitad de precio, lleva a que ni en las ferias se obtengan beneficios, sino más bien todo lo contrario. “En muchas te piden 250 euros por instalar allí un puesto, y entre gastos y pocas ventas, al final no sólo no ganas nada, sino acabas pagando por ir”, asegura Felipe, que en su día se las recorrió de cabo a rabo. Si algo diferencia a los alfareros de la Villa Ducal del resto es la original y exclusiva filigrana, que aunque supone el doble de esfuerzo hace que las piezas se conviertan en auténticas obras de arte. Son famosas las decoraciones albenses por la vistosidad y variedad de sus modelos.
FELIPE ASEGURA QUE tratar el barro no es nada fácil, “es un oficio muy difícil que tiene que mamarse desde pequeño, recuerdo que aquí se hizo una escuela taller y ninguno aprendió a utilizar el barro”, apunta. El trabajo comienza con la elaboración del barro, ahora se puede comprar al por mayor en Barcelona, pero en su caso siguen haciéndolo por su cuenta aunque las máquinas han mejorado el trabajo. “Antes se iba con pico y pala a tres kilómetros de aquí, ahora se hace a máquina, cada alfarero cuenta con dos estanques, uno para batir el barro y otro para colarlo”, explica.
El siguiente paso, una vez el barro está en el taller, es amasarlo sobre una tabla como si fuera harina haciendo bolos, después se pasa al torno eléctrico y con agua se da forma a la pieza. “Con este trozo de madera que se llama tacón se sigue dando forma”, explica mientras en cuestión de segundos el barro se convierte en una jarra. Después deja el tacón y se hace valer de un trozo de cuero llamado pelleja con el que termina de retocar la pieza. Después coloca con mucho cuidado el asa y deja secar durante al menos una hora la jarra para introducirla en el horno. Éste es el día a día de Felipe, lo que más le gusta hacer y con lo que continuará hasta que el cuerpo aguante. “Ahora con estos adelantos hasta los cien años”, afirma entre risas mientras cierra la tienda hasta la tarde.
MUY PRÓXIMA A LA BASÍLICA y en pleno centro se encuentra la alfarería Dueñas que regenta Víctor. Este alfarero heredó la tienda de su padre ya fallecido y comparte taller con sus dos hermanos que son ceramistas. Cuando le preguntas a Víctor Dueñas cuál es la diferencia entre un alfarero y un ceramista asegura que más o menos se trata de lo mismo, “aunque quizá el ceramista hace piezas más modernas”, apunta.
En el patio pueden verse varias piezas de barro apoyadas sobre dos tablas de madera. En una estancia próxima se encuentra el horno que heredó de su padre y que de momento no ha encendido, frente a él una hilera de piezas, unas encima de otras, separadas por baldosas que parecen haber salido del horno pocas horas antes. En la sala de enfrente se encuentra el torno donde Víctor se dedica a dar forma al barro, y en otra varias piezas colgadas sobre dos vigas de madera. Todas las estancias dan al patio y por su aspecto se nota que llevan largos años en pie, desde que su padre comenzó con el oficio.
Víctor duda mucho que su hija vaya a seguir sus pasos, y es que sólo tiene doce años y no parece estar por la labor. “Ha bajado mucho y según está ahora la cosa es difícil ganarse la vida con este oficio, hace años en cambio era exagerado, se trabajaba a destajo estaban hasta 16 horas, ahora con ocho horas ya tienes bastante”, explica el alfarero, mientras enseña una jarra de color blanco muy moderna. Víctor continúa asistiendo a diferentes ferias donde vende las piezas. Desde la feria de Salamanca, pasando por la de Valladolid, Burgos o Ponferrada aunque reconoce que ya no obtienen tantos beneficios dada la gran competencia de muchos alfareros que venden piezas de fábrica mucho más baratas. La tercera alfarería que ha resistido al paso de los años es la Tomás Pérez. Tres alfareros que han transformado el barro en piezas de arte y decoración que han hecho de la alfarería el emblema de la cultura albense.
Paco Pérez Correas, el alfarero de las manos de oro
No puede hablarse de la alfarería de Alba de Tormes sin mencionar a Paco Correas. Uno de los mejores alfareros que ha dado la provincia salmantina y que creó escuela en este arte. Hace dos años que murió pero su valiosa obra permanece imperturbable. En su casa todavía pueden verse parte de sus piezas en un museo que se ha convertido en toda una insignia de la Villa Ducal. Su mujer Loren, que todavía no se ha hecho a estar sin su marido con el que convivió durante 60 años, recorre las dos pequeñas salas que recogen las diferentes etapas de este alfarero de las manos de oro que buscó siempre la creatividad de sus piezas. Antes de entrar al museo una columna preside la entrada, sobre ella se ha colocado un busto del artista y un cartel en el que puede leerse: “Siempre fui alfarero como mi padre, él igual que mi abuelo y lo mismo que el padre de mi abuelo”. Con esta frase Paco dejó claro que su destreza al tratar el barro la heredó de su padre y siendo sólo un niño.
“Es un eslabón más de una gran saga de alfareros, pero él además fue un gran amante de su profesión y también de su pueblo y por eso el museo”, explica su hijo Paco, que desde pequeño ha visto a su padre dando forma al barro y que aunque trabaja como profesor también sabe usar el torno. “Yo recuerdo mi infancia rodeado de piezas de barro, tengo una foto muy curiosa con tres años rodeado de varios botijos que había hecho mi padre”, relata. Paco no sólo no ha querido que se olvide la gran obra de su padre, sino que ha sido el principal precursor del museo e incluso ha creado varias páginas web para dar a conocer el trabajo del gran alfarero que fue su progenitor.
Como todo artista que se precie y dedicado desde niño a la alfarería, Paco Correas pasó por diferentes etapas. Al comienzo, sus obras tenían un marcado uso doméstico, pero siempre buscando la creatividad que se fue perfilando en su segunda etapa, donde trató de fomentar y resaltar la forma, en la última llegó a hacer piezas que se asemejaban a las formas creadas por el genial Picasso.
“Fue pionero en dar esmaltes, creó el botijo en forma de toro que es todo un clásico y otras tantas innovaciones en su pasión por este oficio”, asegura su hijo orgulloso del gran trabajo llevado a cabo por su progenitor que pudo vivir de una labor muy dura a la que supo sacarle partido. Sus piezas no sólo se vendieron en las diferentes ferias de la región sino que como asegura su hijo, ¡a Alemania se llegaron a enviar contenedores enteros con sus piezas”.


   





 
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