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Aparecido en:  El Adelanto
 
Fecha de Publicación: 23/08/2007

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Unas celebraciones centradas en la figura religiosa de Santa Teresa

   
 

Los vecinos rinden especial devoción a la patrona de la localidad durante los actos
Los albenses son teresianos, de eso no hay duda, y así el recogimiento, la emoción, las lágrimas, el fervor y la intensidad son algunas de las sensaciones que se viven en Alba de Tormes durante la salida de clausura de Santa Teresa con motivo de la transverberación de la Santa. Estos sentimientos los provoca la salida de la imagen de la Santa, ya que desde el mes de octubre los fieles albenses no han podido contemplarla debido a que se encontraba en clausura custodiada por las madres carmelitas, en el convento que dispone la orden en la localidad.
Un miembro de la Hermandad de Santa Teresa es el encargado de llamar a la puerta del convento con dos golpes secos, inmediatamente, la priora de la comunidad, acompañada por las religiosas, abre la puerta. Ante ella un buen número de albenses, padres carmelitas y personal de la hermandad.
En este preciso instante, los componentes de la hermandad la sacan a brazo y colocan las andas sobre sus hombros. Los albenses al ver traspasar la imagen por el arco románico, aplauden al unísono, un sonido seco y acompasado resuena en la plaza.
Los párrocos de la villa y el prior de los carmelitas proceden más tarde al rito religioso que le da la bienvenida a la Santa. Una vez concluida la ceremonia con el incienso, los miembros de la hermandad levantan las varas y comienza la procesión.
Música para la Santa
El recorrido es corto, pero son muchos los vivas a Santa Teresa que se pueden escuchar entre la plaza de las Carmelitas y la subida hasta la Plaza Mayor. Allí, la primera parada y el cambio de varas, además se producen otros dos cambios en el recorrido procesional. Durante todo el paseo de la imagen por las calles y plazas de la villa está arropada por los fieles, que no abandonan a la imagen en ningún momento. Una vez concluida la procesión, la imagen es llevada a la iglesia de las Carmelitas, allí se procede a oficiar una misa con Santa Teresa presidiendo el acto religioso. Sobre sus andas, los albenses depositan ramos de flores en señal de ofrenda y agradecimiento ya que es mucha la devoción que sienten los vecinos por su patrona. Hasta el lunes, cuando se celebre a las ocho de la tarde el rosario y el triduo en honor a Santa Teresa, los fieles podrán rezar, orar y acompañar a la imagen de la Santa en una pequeña procesión por las calles y plazas de la localidad. Después, la imagen religiosa de la patrona local volverá a clausura dentro de los muros del convento donde vivió Santa Teresa y los devotos vecinos tendrán que esperar hasta octubre para poder disfrutar y contemplar a su patrona una vez más durante todos los días festivos.
Una vida al servicio de Dios en la villa ducal
Teresa Sánchez Cepeda Dávila y Ahumada, nació en Ávila, Castilla la Vieja, el 28 de marzo de 1515; y murió en Alba de Tormes, el 4 de octubre de 1582. Fue la tercera hija de Alonso Sánchez de Cepeda, con su segunda esposa, Beatriz Dávila y Ahumada, la cual murió cuando la Santa tenía catorce años de edad. Después de la muerte de su madre y del matrimonio de su hermana mayor, Teresa fue enviada a las monjas Agustinas en Ávila para ser educada, teniendo que abandonarlas luego de dieciocho meses, debido a una enfermedad, permaneciendo durante unos años con su padre, y en algunas ocasiones, con otros parientes.
En noviembre de 1535, abandona en secreto la casa paterna, ingresando en el convento de la Encarnación, en Ávila, iniciando así su vida religiosa.
La transverberación es una experiencia mística de ser traspasado en el corazón causando una gran herida y Santa Teresa lo explicó en sus escritos al destacar que “vi a mi lado un ángel que se hallaba a mi izquierda, en forma humana (…) Llevaba en la mano una larga espada de oro, cuya punta parecía un ascua encendida. Me parecía que por el momento hundía la espada en mi corazón y me traspasaba las entrañas y, cuando sacaba la espada, me parecía que las entrañas se me escapaban con ella y me sentía arder en el más grande amor de Dios. El dolor era tan intenso, que me hacía gemir, pero al mismo tiempo. La dulcedumbre de aquella pena excesiva era tan extraordinaria, que no hubiese yo querido verme libre de ella”.

   





 
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