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Aparecido en:  El Adelanto
 
Fecha de Publicación: 13/07/2007

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Salamanca, ayer y hoy
La cuna de la Casa de Alba

   
 

Hemos recibido la feliz noticia de que van a comenzar los trabajos de la última fase de acondicionamiento de los restos del palacio ducal de Alba de Tormes, encaminados a poder ofrecer un mejor conocimiento de este edificio tan importante para la historia de España y aún más de Europa. Con ellos quedará al descubierto el aljibe conservado bajo el piso del claustro y parte de unas galerías y pasadizos que parece, en otros tiempos, comunicaban la fortaleza y residencia ducal con otros puntos estratégicos de la villa.
Lo que ya está hecho es mucho. Paseando por el entorno se puede adivinar la planta del antiguo edificio, pero el interés se centra en la única pieza conservada, el torreón de la armería, inconfundible en la silueta albense cuando nos acercamos a la villa desde cualquiera de los puntos cardinales, y especialmente evocador cuando lo hacemos entre los bosques de encinas del camino de Salamanca. Su interior hoy está dividido en tres estancias más una terraza exterior, que es lo último que se ha rehabilitado. Allí dentro, en la primera planta, se pueden ver los restos recuperados en las diferentes fases de una excavación arqueológica. La contemplación de los fragmentos de mármol de una antigua galería de paseo son buena muestra del antiguo esplendor del edificio. Allí los caballeros clásicos y la vegetación recorren la superficie de las piedras con la fluidez de lo que es natural. También se exponen las decenas de piezas de cerámica que se han podido recuperar de las muchas que decoraban suelos y zócalos de las habitaciones del palacio.
Pero la mayor sorpresa llega al enfilar la nueva escalera que se ha construido para acceder a la sala principal, abovedada y totalmente decorada con pinturas al fresco por el italiano Cristóbal Passin en el siglo XVI. Están consideradas entre las mejores de España en su especie. Recuerdan a las que otros artistas realizaron en la sala de las Batallas de El Escorial, y por ellas desfilan desde el emperador Carlos V hasta el tercer duque de Alba, Fernando Álvarez de Toledo, siempre distinguido por su caballo, de color dorado, y su fidelidad al emperador en las muchas batallas en las que participó, sin derrota alguna hasta su última intervención en la de Lisboa. La cal que cubrió las pinturas durante mucho tiempo permitió conservarlas y que pasaran desapercibidas para las tropas francesas, que habitaron el palacio a principios del siglo XIX.
La tercera sala, en lo alto de la torre, está a la espera de ser convertida en museo y desde allí se tiene acceso a la terraza exterior con vistas muy agradables. Es como una atalaya desde la que divisar el horizonte, que se pierde en las montañas de Ávila o en el discurrir del río Tormes. También es visible la carretera de Salamanca, con la famosa cuesta de Alba, tan temida por los ciclistas de la zona, o los aludidos bosques de encinas, tan característicos.
Los cuatro metros de grosor de los muros del torreón lo mantuvieron en pie después de la destrucción causada en el resto del edificio durante el siglo XIX. Esperamos ansiosos el final de los trabajos y que la colaboración de la actual duquesa de Alba, Cayetana, propietaria del monumento, permita seguir dando a conocer este rico patrimonio cultural al que poco a poco se van acercando curiosos llegados incluso desde Portugal, Francia, Inglaterra u Holanda, donde es tan mala la fama del tercer duque, que su nombre sustituye al coco que asusta a los niños españoles.

   





 
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