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Aparecido en:  Tribuna de Salamanca
 
Fecha de Publicación: 28/02/2007

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TERESA, EL CUERPO DE CRISTO
Ray Loriga presenta su película en los cines Van Dyck

   
 

“El pecado está en la cabeza del que lo piensa, no el cuerpo de una mujer”
Revolucionaria. Teresa se colocó el hábito con coqueteo y acabó con un austero uniforme luchando como un soldado. 9 de marzo. Habrá que esperar a esta fecha para ver el estreno oficial del filme
No hay nada malo en ser una mujer hermosa, aunque ella sea Santa Teresa». Así de rotundo se mostró Ray Loriga –guionista y director de ‘Teresa. El Cuerpo de Cristo’– que, aunque se estrena en las salas el 9 de marzo, ayer se presentó a los medios en los cines Van Dyck de Salamanca.
El filme enseña a una Teresa, «que está viva debajo del traje», representada por Paz Vega. «Siempre tuve claro que la quería a ella como protagonista. Cuando acabé el guión y hablé con el productor, Andrés Vicente Gómez, pensé en Paz por su belleza y porque es una estrella de cine». No lo dudó y su interpretación no lo ha defraudado.
¿Demasiado voluptuosa? La sensualidad no es mala para Loriga porque «el pecado está en la cabeza del que lo piensa no en el cuerpo de una mujer». Por eso, afirma, «las críticas más obtusas que pretenden que Paz Vega –por ser hermosa– no puede interpretar a una mujer religiosa me parecen grotescas. No le veo pecado a la belleza». El joven director –para el que es un segundo largometraje– añadió que «los biógrafos de la época confirman que Teresa era una mujer muy hermosa».
El traslado de la vida de la Santa al formato audiovisual le exigió dos vertientes, el mundo real y el mundo que para ella era real, con su imaginación y sus metáforas.
«Por un lado he querido reflejar la vida real, el traslado a la época en la que está ambientada inspirándome en la pintura y con la colaboración inestimable de la diseñadora de vestuario Eiko Ishioka», creadora japonesa que se llevó un Oscar en esta categoría con ‘Drácula’ de Francis Ford Coppola. Otro aspecto fue «llevar a imagen sus ensoñaciones, sus poemas, sus éxtasis, sus arrobos, un territorio enigmático muy apetecible visualmente». No hace falta tener mucha imaginación para detectar en sus momentos de misticismo religioso y éxtasis algo comparable a un climax sexual.
Alba de Tormes, donde reposan parte de los restos de la Santa –«a la pobrecita mía la descuartizaron»– no ha sido elegida para la ‘tournée’ de presentación del filme, tampoco Ávila, donde se rodaron escenas del filme. Como apuntó Juan Heras, el espíritu viajero de la protagonista también se llevó al rodaje: ocho ciudades –Segovia, Ávila, Cáceres, Trujillo, Guadalajara... y dos países –España y Portugal– y, aunque a su diseñadora le parecía una película japonesa por la riqueza del vestuario–Teresa era hija de un hidalgo tratante de telas– Ray está convencido de que «la película es lujosa pero sobria, yo soy castellano y hay algo castellano en esta historia, ese espíritu apasionado pero sobrio lo he trasladado a Teresa».
La intuición de Ray Loriga le dice que «las monjas carmelitas descalzas–orden que fundó la Santa– llorarían y aplaudirían al final de ‘Teresa.El Cuerpo de Cristo’. Más allá de que hubiese cosas que pudieran extrañarle, se emocionarían».
La película refleja esa «revolución casi maoísta que ella inició para volver a los conventos de la antigua regla con votos de clausura y pobreza». El lujo en los hábitos –camisones de satén– refleja una época «en la que las monjas se dividían en doñas –tenían hasta joyas– y criadas», etapa con la que la protagonista quiso romper.
Ahora son los espectadores los que tienen que decidir hasta qué punto merece la pena el filme. Su creador no es partidario de explicar el mensaje que ha querido lanzar, «al público no hay que decirle nada, mi mensaje es que vea la película y saque sus conclusiones».

OPINIÓN. JOSÉ ÁNGEL SANZ
Suntuosa y sobria Teresa
Suntuosa, pero sobria. Sensual, pero contenida. Castellana, pero no severa. Así es la “Teresa” de Ray Loriga. Cien minutos de revelación, emoción y lucha que saben a poco. El madrileño venía ya incendiado de cine en sus novelas “Caídos del cielo” o, sobre todo, “Héroes”. De la primera, filmó una película espasmódica, poética, adolescente y fugaz como “La pistola de mi hermano” (1977), que nunca haría prever esta “Teresa” tan modélica y certera, este salto mortal y sin red que salda con acierto. El filme recrea un siglo XVI turbio para la Iglesia, azotada por la Reforma y el Erasmismo y aferrada a la Inquisición. La película da en la diana, pero lo hace a pesar de Paz Vega, no gracias a ella. Su interpretación es sólo correcta. Le salva la escolta de un elenco de actores espectacular, en el que Poncela y Chaplin marcan tiempos con el criterio que otorga la experiencia. “Teresa” sugiere su “no virginidad” y el clasismo intramuros del convento. Hasta ahí la irreverencia con la doctrina católica. No es feminista, como no podía serlo en una época en la que ese término ni siquiera existía. Y en todo caso esta “Teresa” es de un humanismo lacerante. El director, inteligente, no ha buscado esa polémica tan aullada por sus detractores de antemano. Hasta el éxtasis es contenido. La voluptuosidad no excede de la que puede leerse en escritos como “Exclamaciones del alma a su Dios”. Una fotografía y un vestuario notable visten una cinta sugerente y casi redonda.

Un bello cuerpo de mujer bajo el hábito de una religiosa
No se ve nada, pero se intuye. Apenas un muslo, una bella cintura o una mano insinuante. Suficiente para sentir que la parte carnal y sexual del personaje queda plasmada en un filme en el que Cristo deja de ser una figura sobre un crucifijo y aparece encarado en un actor que “mira a una mujer que no se avergüenza de serlo”. Más allá de su condición de religiosa –“aquí es complicado separarlo”- al director le interesa “muchísimo la aventura heroica porque la historia ha olvidado en numerosas ocasiones a mujeres que merecían la pena”. Es una señal “que 400 años después de su muerte se siga hablando de Santa Teresa, de su coraje, de su fe en sí misma, de su valentía. Fue el icono del feminismo de aquella época”. Una mujer bella que se puso el hábito con cierto orgullo y coqueteo y acabó con un austero uniforme luchando como un soldado.

   





 
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