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La zona conventual del Museo Carmelitano.Los camarines de la iglesia y su escalera.

Tras la muerte en este convento de Santa Teresa (1582), la iglesia – proyectada como panteón del matrimonio fundador se transformó de hecho en panteón de la Santa y para engrandecer ese panteón se acometió luego, entre 1670 y 1678, la realización de la llamada “obra real”, ampliando el templo con un crucero, su cúpula, el presbiterio, el coro de las monjas, una amplia sacristía y dos capillas camarines en pisos superpuestos. El proyecto era del arquitecto carmelita fray Juan de San José y sus patrocinadores principales Felipe IV y María de Austria. Parte fundamental de la ampliación fue el nuevo retablo, gran relicario en el que en el piso bajo se dispusieron el brazo y el corazón de Santa Teresa tras sendas puertas, y su cuerpo en el piso alto, en una gran hornacina, a modo de transparente. Tras el retablo los dos camarines permitían a las monjas carmelitas la directa custodia y veneración del cuerpo, brazo y corazón.

En los dos camarines, con sendos antecamarines comunicados por la llamada escalera del duque, está lo esencial de este Museo en ámbitos primorosamente conservados y con obras de arte en las que se conjugan lo devocional y una singular calidad. Desde el camarín alto el peregrino se acerca al más preciado tesoro de la comunidad, el sepulcro de la Fundadora de las carmelitas y de este convento, más las reliquias de su brazo y su corazón.

Antecamarín bajo.
Junto al Camarín bajo hay  una Virgen de Belén con la tierna unión entre la Madre y el Hijo, un  relicario con los restos de san Fidel con marco monumental y de calidad  y un Cristo de marfil (de ese material son también la cartela, calavera y tibias de Adán) con pedestal de caoba y cruz de gajos. De h. 1630, destacada expresión y naturalismo, obra recientemente atribuida al gran escultor boloñés Alessandro Algardi. Al fondo, en la salida hacia la iglesia el estandarte albense del SOLO DIOS BASTA, y una Santa Magdalena barroca.

Camarín bajo.
Dispuesto tras el presbiterio, el camarín se organiza como una capilla con un retablo barroco que duplica el exterior y a cuyos lados, tras dos puertas,  se abrían dos huecos desde los que las monjas tenían acceso a las reliquias del brazo y el corazón de Santa Teresa (en uno de ellos se hizo luego el comulgatorio de las monjas). Una fuerte reja cierra la comunicación del camarín con el coro monástico.

En urnas o vitrinas de marcos barrocos con el escudo del Carmen hay una colección de figuras del Niño Jesús. Su presencia aquí se inscribe dentro del entusiasmo que en los siglos XVII y XVIII, sobre todo en el primero, se tuvo por estas imágenes. Muchas de ellas recibían nombres y apodos, en referencia a sus gestos o vestimenta. Los conventos del Carmelo no quedaron ajenos a esta moda del gusto por las figuras del Niño Jesús, más cuando Santa Teresacelebraba especialmente la fiesta de la Navidad, danzando y cantando con la imagen del Niño.

Los lienzos del Camarín bajo, del siglo XVIII, son San Juanito con el cordero, Buen Pastor niño con cordero, Virgen de las Angustias, Ecce Homo, y Ángel de la Guarda, todos con el mismo tipo de marco y de igual estilo que la urna de la Dolorosa de Mena.

Las pinturas sobre ágata, Martirio de San Esteban y Martirio de San Lorenzo son de finales del siglo XVII, de calidad, y cuentan con ricos marcos de madera y parte interior de metal recortado y grabado. Dos pequeñas pinturas del siglo XVII, Virgen con Niño en cobre y San Jerónimo en tabla, completan la colección de pinturas de este Camarín.

Escalera del Duque.
En el centro de la escalera del Duque podemos contemplar un gran lienzo de la canonización de Sta. Teresa del siglo XVII, y un portacirio del siglo XVII. El lienzo recoge la canonización, realizada por Gregorio XV con su sobrino y nepote  Ludovico Ludovisi, cardenal y arzobispo de Bolonia. Fue una ceremonía quíntuple en la fueron canonizados  santa Teresa, san Isidro Labrador, san Francisco Javier y san Ignacio de Loyola, junto con el italiano san Felipe Neri. Para comprender la importancia de esa quíntuple canonización de 1622, hay que recordar que hasta entonces solo había tres santos españoles: desde 1238 santo Domingo de Guzmán (†1221), desde 1588 san Diego de Alcalá (†1463) y desde 1601 san Raimundo de Peñafort (†1275). Esto cambiará en el siglo XVII, que para Pierre Delooz, “fue el de las canonizaciones españolas”, pues de 26, 15 fueron ibéricas.

El papa, con tiara pontificia y capa pluvial, muestra el pergamino con el texto de la canonización (el de la Santa dice: DECERNIMUS, BONAMEMORIAE THERESIAM VIRGINE DE AVILA CUIUS VITAE SANTITATE FIDEI SINCERITATE, ET MIRACULUM EXCELLENTIAE PLENE CONSTANT.  SANCTAM ESSE, ET SANCTORUM VIRGINUM CATALOGO ADSCRIBIMUS), la fecha de 12 martys 22, más un sello colgante de plomo. Además de su sobrino hay representantes de la nobleza española y frailes carmelitas que portan el estandarte de la nueva Santa.

Debe el cuadro corresponder a una serie de obras conmemorativas de la quíntuple ceremonia (en la iglesia del Gesù de Roma se otroque recoge la canonización de los santos jesuitas es hermano gemelo del aquí expuesto   y se sabe que también se encargó el de san Isidro).

Antecamerín Alto.
En él destacan una Santa con hábito carmelitano,  libro y pluma conforme con el modelo de la Santa como escritora mística de Gregorio Fernández y un san Alberto de Trápani (Sicilia) que es el primer santo de la Orden, con el libro del predicador y el lirio de la castidad religiosa. También se expone,  en marco con buenos relieves con la trasverberación, el título de doctor honoris causa que a la Santa concedió la Universidad de Salamanca en 1922, coincidiendo con el III Centenario de su canonización. Artístico pergamino de Gabriel Ochoa, que firman el rey Alfonso XIII, el presidente del Gobierno Sánchez Guerra y el rector Luis Maldonado (hay otro pergamino igual en la capilla de la Universidad). Obvio es señalar que Teresa de Jesús es investida como Doctor cuando en la Universidad la presencia femenina era nula.

Camarín alto.
Estructuralmente es similar a las capillas que facilitaban el aderezo de las imágenes, normalmente vírgenes, que se iluminaban desde un ventanal o un trasparente cuya luz recortaba las imágenes vistas desde el templo. Desde él la comunidad puede acercarse al sepulcro de la Santa dispuesto tras el retablo, en el muro, y potentemente iluminado por la luz natural. Un escudo ducal de Alba, el único del convento, corona las puertas del sepulcro.

Adornado con frescos que revelan más interés que calidad, con profusión de temas vegetales organizando el espacio pictórico, entre los que se despliega una simbología  teresiana presidida centralmente por el Espíritu Santo que inspira sus escritos, más su escritorio y a los lados el corazón traspasado y la flecha de la transverberación; además escudos del Carmelo con ángeles tenantes  que también llevan la pluma de la Santa, lirios, azucenas y anagramas.

De la devocional catequesis teresiana forman parte los lienzos al óleo atribuidos a pintores del último tercio del XVII que trabajaban por Valladolid y Salamanca, como Diego Diez Ferreras, Lorenzo Aguilar o Simón Petti. Es pintura correcta, con más interés iconográfico que artístico, representando a Santa Teresa en visiones descritas por ella:

-La de Teresa ante Cristo Resucitado que le dice “Fillaiam tota mea es, et ego totustuus”, es decir “Hija, ya eres toda mía y yo soy todo tuyo”.

-La visión de la Imposición del collar y manto por parte de la Virgen y San José; la que tuvo en 1561 en santo Tomás de Ávila cuando la Virgen le dijo, respecto a la fundación de san José de Ávila, que creyese que lo que pretendía del monasterio se haría.

-la Entrega por Cristo del clavo a la Santa, representa otra visión de la Santa conocida como la merced del su matrimonio espiritual.

-Santa Teresa con San Agustín, a cuyo libro de las “Confesiones” fue tan aficionada: “yo soy muy aficionada a san Agustín porque el monasterio a donde estuve seglar

–Santa María de Gracia en Ávila- era de su orden y también por haber sido pecador, que en los santos que después de serlo el Señor tornó a Sí, hallaba yo mucho consuelo”.

– Una original Transverberación en la que atraviesa su corazón Jesús Niño, acompañado por María y José, que parecen un retrato a lo divino de los fundadores del monasterio.  La presencia en el ángulo superior izquierdo de Dios Padre y el Espíritu Santo define una doble Trinidad.

Completan este repertorio teresiano  dos lienzos en los lunetos cuyos temas se repiten en la sacristía, allí con factura inferior y rótulos. En uno de los lunetos hayepisodios de la Vida de la Santa: Teresa de niña jugando a hacer ermitas en el huerto de su casa; su entrada en la Encarnación recibida por tres monjas y la huida a tierra de moros para sufrir martirio. En el otro luneto, el mejor sin duda,  obra de 1687 de Juan Simón Gutiérrez, pintor murillesco, se representa la muerte de la Santa con algunas imprecisiones iconográficas. Acompañan a la Santa frailes que le dan los últimos sacramentos y hacen  la recomendación del alma, monjas de Alba y su fiel enfermera, Ana de san Bartolomé; a los pies del lecho y en el centro Cristo con túnica roja espera a Teresa y tras él las 10.000 vírgenes y mártires de las que fue devota.

Singulares son dos escritorios napolitanos de la década de 1630 conocidos como stipi,  con bellísimos cristales pintados, con alegorías de las artes y las ciencias. Ejemplares únicos en España y muy raros en Europa. Únicos por su forma, ya que son cortos en su base y muy altos, se decoran con escenas de vidrio pintado, y conservan la mesa (bufete spagnolo se llaman) original con cristales pintados incrustados con los perfiles de los distintos reyes de Nápoles del XIII al XV. En la esquina inferior izquierda de cada uno de estos cristales aparece el anagrama VBL que según Mª Jesús Muñoz González debe  corresponder a Vittore Billa. La decoración del mueble con las musas, hace pensar en que perteneciesen a alguno  de los virreyes napolitanos de comienzos del XVII, y que bien pueden ser regalo de Nápoles  al V duque de Alba (†1639), virrey entre 1622 y 1629. Quizá se donaron al convento al concretarse “obra real”, siendo posible que se destinasen concretamente al camarín alto, que tiene el único escudo de la casa de Alba de los muros del monumento,  y se dispusieron a los lados de una puerta retablo que comunicaba con la llamada Escalera del Duque en cuyo centro estuvo el Crucifijo de Algardi.

Los dos pequeños lienzos sobre ellos muestran a san Elías  y san Juan Bautista (Antiguo y Nuevo Testamento) como ermitaños, ejemplificando la vida contemplativa. Teresa se refería a ellos como nuestros antiguos Padres pasados. La comunicación con la escalera del Duque se hace por una puerta-retablo en la que se exponen tallas del XVII de la Virgen en brazos de santa Ana como niña vestida de carmelita (ya hemos visto otras) y de Santiago apóstol. Testimonian  la devoción del Carmelo a los santos que tratan más de cerca de Jesús.

Sepulcro de Santa Teresa.
El sepulcro  es centro de la iglesia y de esta capilla camarín, y está entre dos rejas, una de plata labrada hacia la iglesia y otra hacia el camarín de hierro adornada con corazones y dardos dorados. Rejas y tapas de mármol y bronce dan al conjunto carácter de sacra caja fuerte del más preciado tesoro de la comunidad.  Su cuerpo,  tras tener varias ubicaciones en la antigua capilla mayor, pasó con su urna de piedra alabastrina en 1677 al transparente del centro del nuevo retablo de la nueva capilla mayor. En 1760, tras quitar aquella urna que hoy está tras una reja sobre el primitivo sepulcro, y modificar el arco recubriéndole de mármoles, se procedió a cambiarla por una de mármol negro jaspeado «de San Pablo (de los Montes de Toledo) con sus adornos de bronce dorados, de oro molido»,  rematada por dos angelotes de mármol blanco con la corona virginal y el dardo de la transverberación. Fue donada por Fernando VI y Bárbara de Braganza, y trazada por Jacques Marquet («J. Marquet delineavit, anno 1759, et invenit», dice en su tapa frontal).  Dentro, el cuerpo está en una caja hecha en Orleáns, que era “de plata, ricamente adornada de realce de la misma materia, con el anagrama real en su frente (sic), forrada toda por dentro en terciopelo carmesí”.

La preocupación por la seguridad del sepulcro y por impedir se tomasen reliquias llevó a implantar un sistema parecido al de las arcas municipales y rejas de archivos parroquiales: varias llaves que estaban en varias manos y que tras lograr los oportunos permisos era preciso juntar para abrir el sepulcro. La documentación conventual señala literalmente que las llaves del sepulcro son diez, tres tiene la comunidad, otras tres el Excmo. Señor Duque de Alba, otras tres Nuestro Reverendo Padre General [en Roma], y una del arca interior de plata el Rey nuestro Señor. Estas diez llaves corresponden tres a la reja exterior del camarín, tres para la tapa de bronce y cuatro para el arca de plata: cada depositario tenía una de cada parte.

Junto al sepulcro están hoy dos de sus reliquias más preciadas que antes estuvieron en sendas puertas del retablo situadas a derecha e izquierda del altar mayor: el brazo izquierdo en un relicario de cristal de roca y el corazón en uno diseñado por Herrera Barnuevo en 1671,  rematado por una Transververación en la que dos ángeles portan filacterias que dicen TERESA DE JESÚS y JESÚS DE TERESA. Fueron extraídos del cuerpo de la Santa: en 1585 el brazo para que quedase dejar en Alba una reliquia de su cuerpo que partía hacia Ávila y 1591 el corazón para ser examinado por doctores de la Universidad. Eran otros tiempos y sabido es que del cuerpo se separaron más reliquias a pesar de las muchas prohibiciones como la que consta en la base del relicario del brazo: “Clemente IX prohibió bajo pena de Excomunión coger nada de Reliquia del Brazo de Sta Teresa de Jesús”.

Salas de cobres.
En dos salas se expone lo mejor de la colección conventual de pintura en cobre y en piedra, valiosa tanto por su número y variedad, como por la excepcional calidad de algunas piezas que al realizarse sobre superficies no porosas, que no necesitaban complejas preparaciones (una fina capa de albayalde -blanco de plomo- y tierra de sombra al óleo, más tierra roja) y no absorbían los colores, lograban una pintura brillante y luminosa, de colores más saturados.

La pintura al óleo sobre láminas de cobre que se había comenzado a usar en la segunda mitad del siglo XVI en Italia, se generalizó en el siglo XVII especialmente en Holanda y los Países Bajos y las obras y la técnica alcanzaron gran difusión en España y luego en la América hispana.

El cobre y otras láminas metálicas tenían la ventaja frente al lienzo y la madera de ser más resistente a la humedad y no agrietarse, por su menor tamaño facilitaba el transporte, evitando los deterioros, y propiciba una mejor conservación. Sus dimensiones, menores que la mayor parte de los lienzos o tablas, facilitan su transporte y comunicación y hacen que sean obras muy adecuadas para la oración y el recogimiento en los conventos de clausura (también en las casas de la nobleza) y propició el que fueran piezas codiciadas por los coleccionistas.

Su superficie más lisa permitía pintar con más precisión, casi como miniaturistas, y facilitaba la captación del volumen, resultando muy adecuada para escenas religiosas y figuras de devoción que podían ser vistas de cerca, detenida y privadamente por los fieles. Los temas eran tomados del Viejo y Nuevo Testamento, o del santoral, y se presentaban aisladas o en series.

La piedra como soporte tenía casi  las mismas cualidades técnicas que el cobre, con una preparación similar, únicamente su mayor peso dificultaba el transporte y el comercio. Cuando se empleaba el mármol y el ágata, el dibujo de la piedra se incorporaba en la composición.

Hay dos obras de calidad, la primera más tardía que la segunda, ambas de raigambre italiana: Anunciación del circulo o de mano de Luca Giordano con aplicaciones metálicas en el marco de carey,  y Presentación del niño en el templo que puede fecharse en Roma 1644-1655, con  marco de plata con la paloma del Papa Inocencio X Pamphili, por lo que debió ser un regalo suyo, seguramente al duque de Alba. Frente a ellos hay una colección de 8 cobres de devoción del siglo XVIII, con marco de madera y apliques de metal y piedras. Los temas son: San Miguel venciendo al demonio, Ecce Homo; Cristo mostrado al pueblo judío, Buen Pastor, Inmaculada, San Antonio de Padua con el Niño sobre libro, San Juan Evangelista escribiendo y Ángel de la guarda. En las otras paredes cobres de devoción, de desigual calidad, algunos imitando modelos bizantinos, moda seguida por algunos pintores en el siglo XVII. Entre estos cobres se expone en la hornacina el busto de un Ecce Homo en pasta policromada del siglo XVII.

En el espacio de acceso a la siguiente sala nos encontramos el óleo sobre ágata de la Virgen con el Niño, del siglo XVI, conocida como la Virgen de Cracovia.

Sala de cobres 2ª.
Hay cobres de mediados del siglo XVII, algo mayores de las de las figuras de devoción. Sus temas: Circuncisión, Huida a Egipto, Paisaje con la Sagrada Familia, Las dos Trinidades, un paisaje con la Virgen y el Niño, San Juanito, Santa Isabel y un Ángel, otro con Cristo y la Samaritana, Cena en casa del fariseo, Magdalena penitente, San Sebastián curado por los ángeles y transverberación de Santa Teresa. De igual tamaño, aunque no forman parte del mismo ciclo, seguramente debieron formar parte de un único encargo o regalo. Son escenas en las que prima el detalle de los elementos. En todas aparece el anagrama A W in F que corresponden al pintor Abraham Willemsem (Amberes 1610-1672).

Por su calidad y por recoger un episodio teresiano destacamos transverberación de Santa Teresa, una visión que tuvo hacia 1562 donde un ángel se le aparecía y clavaba una flecha ígnea en su corazón, que ella misma narra en su “Libro de la Vida”, mismo en el que relata :

«Vía un ángel cabe mí hacia el lado izquierdo en forma corporal, lo que no suelo ver sino por maravilla. […] No era grande, sino pequeño, hermoso mucho, el rostro tan ecendido que parecía de los ángeles muy subidos, que parecen todos se abrasan. Deben ser los que llaman Querubines […]. Viale en las manos un dardo de oro largo, y al fin de el hierro me parecía tener un poco de fuego. Este me parecía meter por el corazón algunas veces, y que me llegaba a las entrañas. Al sacarle, me parecía las llevaba consigo y me dejaba toda abrasada en amor grande de Dios.» Libro de la Vida. Capítulo XXIX.

Salas de nueva planta (orfebrería, ornamentos, el trabajo conventual, pintura y escultura).
Completa al MUSEO un cuerpo añadido en la zona de la cabecera, abierto el 16-06- 2014, que comunica con los camarines del templo. De cuatro plantas, con cinco salas, sala de audiovisuales, tienda, otras escaleras, ascensor y servicios. Obra de Jesús Gascón Bernal, demuestra que sobre los estilos las arquitecturas de calidad ensamblan perfectamente.

Orfebrería litúrgica.
La orfebrería conventual es algo más que artes decorativas o suntuarias, sin ella no es posible entender las ceremonias litúrgicas o paralitúrgicas en las que, por precepto canónico, los recipientes sagrados deben ser de metales preciosos, al menos los que estarán en contacto con las especies sagradas. Qué el brillo de los metales no nos deslumbre, la profunda fe que está en su origen y el virtuosismo de los artistas que labraron estas obras es lo que importa. Por ser imprescindibles para el culto y por su valor histórico-artístico las monjas guardan y cuidan celosamente tal tesoro, que tienen en usufructo, y  testimonia  que durante siglos esta fue casa de acogida de  los peregrinos que vinieron a venerar a la Reformadora. La lista de sus promotores es amplia y variada: papas, reyes, nobles (singularmente los Alba), clérigos y fieles de toda condición y procedencia han donado a santa Teresa piezas de toda clase y estilo.

Aquí se guardan piezas llegadas a través de la ruta del Galeón de Manila, que desde finales del XVI y hasta el XIX unió esa ciudad con Acapulco, Veracruz, y el puerto de Sevilla. Otras chinas, indo-lusitanas, y de toda la América Hispana. Y junto a ellas excelentes obras italianas, especialmente de los talleres coraleros de Trápani,  o parisinas. Finalmente, otras muchas fueron labradas en talleres peninsulares, especialmente de Madrid y Salamanca.

De bronce y oro molido es un extraordinario san Miguel venciendo al diablo en composición agitada y expresiva, que ocupa el centro de la sala y reproduce el bronce del Museo Cívico de Bolonia), por lo que debe incorporarse la pieza al catálogo de AlessandroAlgardi .La fundición le da a este de Alba un aspecto más grato, y el oro molido una pátina cortesana, patente también en las sirenas aladas de doble cola que rodean la basa.

Destacan el conjunto de frontal de altar y gradas de plata en su color y dorado de 1734, de Francisco Villarroel que cubría el altar mayor desde la novena de san José hasta la de la Santa (más de medio año). A su derecha es magnífico el conjunto de cruz de altar y ciriales de plata, con aplicaciones doradas, labrado en el XVIII por Manuel García Crespo. En la pared opuesta al altar hay dos expositores, también de plata y del XVIII, con sendos corazones  transverberados sobre discos solares. El de la izquierda con buen relieve con santa Teresa ante Cristo a la columna que recuerda la disposición original del grupo en la santa en Ávila (una inscripción indica MANUEL MIRANDA ME FECIT. AÑO DE 1698); y en el de la derecha se ha  colocado una cruz de altar de finales del XIX, de madera, plata y bronce.

En una vitrina, en la pared de la derecha entrando, están tres custodias: la de la izquierda salió en 1893  del taller madrileño de Juan Antonio Martínez y Fraile costeada por fieles de La Habana e ilustrada con episodios de la vida de Santa Teresa y escudo carmelitano; la de la derecha  de plata dorada, perlas, diamantes, y pedrería es mejicana de tipo sol costeada con limosnas; y la central italiana es la custodia de plata blanca con aplicaciones doradas regalada por Antonio de Toledo, duque de Alba, y virrey de Nápoles entre 1622 y 1629.

En la pared izquierda, una cruz de bronce sobredorado recortado, pedrería engastada y Cristo de marfil, similar a una cruz de altar filipina aquí expuesta;  un  marco con pedestal y ricas incrustaciones de plata, y en él  un cuadro con una santa Teresa hecha con ristras de perlas y cara y manos pintadas al óleo, que llegó desde el Carmelo de Varsovia en 1651; y finalmente “la alhaja”, delicioso escaparate de taracea y balaustres de marfil que tiene en su interior un relieve excepcional, con un repertorio de follajes y elementos barrocos a base de marfil, bronce, plata, nácar, carey, coral,…. De principios del XVIII y cercano a la escuela de Trapani.

Frente a la entrada, en una gran vitrina, un repertorio de objetos de vajilla litúrgica y piezas de altar: cálices, copones, cruces, candeleros, relicarios, vinajeras, incensarios, hostiarios, navetas, salvillas, bandejas, jarras, campanillas, acetre…..

– el cáliz de filigrana de plata en su color con aplicaciones doradas, de las primeras décadas del XVII, cercano estilísticamente al relicario del Duque expuesta al lado.

– el limosnero madrileño de plata dorada con esmaltes donado por Carlos II en 1668.

– el dado por José Martín de la Fuente, secretario del cabildo salmantino, obra de Pedro Benítez (1710).

-el magnífico cáliz parisino de plata dorada donado en 1882 por León XIII, adornado con  esmaltes que le dan un aire neobizantino.

-el donado por devotos de Milán en el III Centenario de la Canonización,  cuya hechura remite a modelos barrocos italianos de la segunda mitad del XVII.

En la amplia vitrina que cubre toda una pared, además tienen un singular valor:

– Tres parejas de leones chinos de Fo, de cerámica, originariamente dedicados a Buda, cristianizados con unas medallas de plata en forma de corazón que contienen  las iniciales JHS o ST (santa Teresa).

– Dos sahumadores de plata en su color que pueden tener origen hispanoamericano.

– Una cruz de altar indo-portuguesa, realizada en madera de ébano, filigrana y marfil. De  marfil son el Cristo y las figuras de la Pasión de las hornacinas  de la peana.

– El birrete octogonal que las que se hacían llamar DAMAS ESPAÑOLAS regalaron a la Santa en 1922, de oro, con piedras preciosas (zafiros, brillantes, perlas, esmeraldas, topacios, amatistas y rubíes). Tiene un Espíritu Santo de pedrería y marfil, y escudos esmaltados de España, el Vaticano, el Carmelo y los Cepeda. Es más rica que teresiana.

En el centro una mesa-vitrina con pequeñas piezas, entre ellas un relicario con reliquias de san Alberto de Trápani, de cobre con un importante conjunto de corales rojos y en el anverso un San Miguel alanceando al dragón. Procede de los talleres coralenses de Trápani.

Ornamentos de culto.
Idéntico carácter litúrgico  que la orfebrería tiene la colección de textiles ricos, fundamentalmente ternos usados en una liturgia hoy en gran parte olvidada. El diccionario da esta definición de terno: Vestuario exterior del terno eclesiástico, el cual consta de casulla y capa pluvial para el oficiante y de dalmáticas para sus dos ministros.

Sus piezas son consideradas ornamentos y se hacen con seda y tisú de plata y oro, (albas, sotanas y otros son considerados vestiduras y son de materiales menos costosos como la lana o el lino). Se disponen en juegos con idénticos tejidos, decoración  y en los colores litúrgicos: blanco, verde, rojo y morado (el oro sirva para todos los colores).

Aquí se muestran ternos completos (casulla, dalmática y capa pluvial) y algunas casullas, dalmáticas, estolas y manípulos. Las cartelas guardan sus nombres seculares: de la Santa  a dos de los nueve usados en su novena; de la duquesa al hecho quizás con un paño donado por ella; bordado al de motivos florales y fauna; de la madre Guadalupe al que llegó en 1900 de la basílica de Guadalupe de Méjico,  mejicana es también una casulla con una Santa sobre las banderas entrelazadas de Méjico y España regalada en 1922. También hay paños de cáliz, y bolsas de corporales, paños de atril y de hombros; y además algunas de las delicadas cortinas de sagrario, más un muestrario telas bordadas por las monjas que precedieron a las actuales.

Valioso es un guadamecí de brocado repujado, plateado y corlado. Era la puerta interior del coro bajo en el que la Santa fue enterrada por primera vez.

Sobre las vitrinas están algunos de los relicarios conventuales. Recuerdan la importancia que la liturgia católica da al culto de las reliquias de los santos, aquí constatada con la veneración constante del cuerpo de santa Teresa.

A la derecha, antes de salir, hay una arqueta forrada de ricas telas del monumento de la Semana Santa y un expositor que se relacionan por sus materiales y ejecución.

A la izquierda, en un expositor está parte del paño de brocado que es tradición en 1588 ordenó Felipe II a su hija Isabel Clara Eugenia mandase para dosel del enterramiento de Teresa (la tradición es esa, pero Felipe II murió en 1598 y la infanta casó en 1599 con el archiduque Alberto partiendo ambos como gobernadores para los Países Bajos). Está entretejido con hilos de oro y plata rizados, formando el metal en la cara superior flores briscadas resaltadas sobre el fondo de seda dorada. Creo que con aquel paño se confeccionó un terno,  pero casullas, dalmáticas y capa pluvial serían pesadísimas y fueron troceadas en paños más pequeños (en el centro del expositor queda la beca de su capa pluvial) y con bordados recortados se haría nueva la casulla del expositor colindante.

El trabajo conventual.
Se exponen aquí los instrumentos relacionados con el trabajo textil y de la sacristía, la muy distinta cerámica que estos siglos han dejado en el convento y otros objetos de uso cotidiano. La sala ocupa una antigua capilla de San José, patrón de los artesanos, que preside en una buena imagen barroca, acompañado del Niño, con coronas, vara, azucenas y una pequeña sierra. Todo de plata y de mediados del XVIII.

A la izquierda dos devanaderas, más dos ruecas o ruedas de hilar o hiladoras.y entre ellasun burro o banco para la confección de cintas de alpargata, que lleva una i inscripción que reniega de su denominación: “YO ME LLAMO SERVICIAL Y NO BORRICO. AÑO 1880. H.  F. LUIS MARÍA DE STA TERESA. RPM”.

En vitrina, al fondo a la izquierda, una prodigiosa colección de tijeras-despabiladeras para cortar velas y recoger a la vez el trozo quemado del pabilo o mecha evitando posibles incendios, otra no menos valiosa de tijeras, más romanas, pesas, campanillas de mano importadas de Flandes del XVI (en su labio constan su antigüedad y procedencia)

Sobre la centenaria mesa que sirvió en la sacristía para planchar, un mueble recio de nogal con elementos tallados, hay planchas de dos tipos:

-Planchas de hierro fundido que llevaban el carbón encendido en su interior, del tipo caja caliente, con chimenea curvada para evitar que el humo y el hollín fueran a la ropa o a la planchadora, y  con trampillas de aireación graduables. Tenían mango de madera  y un rudimentario protector de chapa para los dedos. Una se expone abierta para que se vea la organización interior.

-Planchas macizas de hierro que se calentaban sobre el fuego o en una cocina. Se usaban en cadena: mientras se planchaba con una se calentaban las otras, al enfriarse la usada se cogía otra del fuego y la utilizada se ponía a calentar,…..

Descansan en muy diversos soportes, de chapa o calados de hierro fundido, llamados parrillas o posa planchas que evitaban que se quemasen las telas o la madera.

Junto a la mesa el gran brasero conventual de bronce y con asas y apliques de bronce incrustados a modo de taracea,  y sobre la mesa la paleta o badila con la cazoleta en forma de concha para  –de vez en cuando-  echar una firmita, es decir escarbar con cuidado las brasas para procurar más calor.

Sobre el altar dos braseros de mano de bronce que estaban en la sacristía de fuera para calentar las manos los oficiantes antes de la misa y encender las brasas para el incensario. Entre ellos un peculiar Niño Jesús dormido de hacia 1600, con la base esgrafiada y corlada y Niño de madera policromada. En el borde una inscripción recuerda Salmo 120: [DEUS VERO NOFTER] NON DORMIT, NON DORMITABIC NEC DORMIET'[QUI CUFTODIT IFRAEL].

Además se han conservado variopintos objetos: un horno de barro de Pereruela, abundante alfarería de basto (tinajas, barreñones, fuentes, cántaros, ollas, pucheros, botellas, bacines, palanganas y jofainas.), loza (vasos, tazas, platos, salvillas, escudillas, jicarillas para el chocolate, lebrillos y jarras,) y bucarinas de aromáticas pastas coloradas, mas chocolateras y tostadores de cacao y café y almireces. Muchas de ellas proceden de los alfares centenarios de esta alfarera villa de Alba, son pucheros que hacen recordar el conocido poemilla: Oficio noble y bizarro,/ de entre todos el primero,/ pues, siendo el hombre de barro,/ Dios fue el primer alfarero/ y el hombre el primer cacharro; y también,  con más aprovechamiento, recordamos que el genio místico de santa Teresa tiene raíces muy sencillas y que la santa jamás se acobardó: “Pues, ¡ea!, hijas mías, no haya desconsuelo, cuando la obediencia os trajere empleadas en cosas exteriores, entended que, si es en la cocina, entre los pucheros anda el Señor, ayudándoos en lo interior y exterior”.

Estandartes, pintura y escultura
Se exponen los estandartes bordados y pintados que recuerdan las muchas peregrinaciones que en los centenarios de la muerte y beatificación (1882 y 1914) llegaron a la casa de Teresa atraídas por su figura y enseñanzas. Quedaron en el templo tras las celebraciones e incluso salían en las procesiones por la villa hasta hace medio siglo.

De los expuestos, quizás el más interesante sea el de la  Peregrinación de Alba a Roma de 1876. Es de seda pintada y bordada en seda con los mismos colores, siendo iguales el anverso y el reverso. Hermosos y singulares son los dos franceses de 1882, uno muy alargado con una esbeltísima santa Teresa representada como  DOCTOR SALMANTICENSIS (sic) y escudos en la parte posterior, de la provincia carmelitana de Aquitania; otro de la provincia de Avignon con una santa entre un fraile y una monja carmelita por un lado y un gran escudo carmelita por el otro.  De Kensington es el inglés con forma de escudo, en medallón central está la Virgen del Carmen entregando el escapulario a san Simón Stock en presencia del Niño y san José. Van en la popa de una embarcación cuya vela henchida lleva el escudo del Carmen y mientras las carmelitas  contemplan a la Virgen, los carmelitas reman, y en la proa, en un trono, está el Papa Inocencio IV que incluyó a los carmelitas entre los mendicantes. Sobre el medallón algunos elementos del escudo carmelitano: la corona de la Virgen y sobre ella el brazo del profeta Elías sujetando una espada  terminada en la llama de fuego con la que dio muerte a los falsos profetas de Baal. Remata una filacteria que dice ZELO ZELATUS SUM PRO DOMINO DEO EXERCITUUM, (ME ABRASO, ME CONSUMO DE CELO POR EL SEÑOR DIOS DE LOS EJÉRCITOS).

De los españoles destaca la gracia del de la Hermandad de la Santa de Alba, con un hermoso motivo central elíptico pintado al óleo representando el triunfo de santa Teresa.
La escultura expuesta es muy variada. Singular es la oriental de marfil en dos vitrinas que mezclan lo filipino y lo indo-lusitano. En una hay dos altares dedicados a san Francisco y san Ignacio, dos cruces y sendos estuches con Virgen y Niño y Calvario con Virgen y San Juan  en la balda superior y en la inferior dos imágenes de san Juan Bautista y tres franciscanos, uno reconvertido en carmelita al cubrirle los hombros con una capilla blanca. En la otra vitrina, bajo tres buenas representaciones de Cristo, hay cuatro imágenes del Buen Pastor y Dios Padre, una Virgen con rasgos orientales y un san Antonio de loza recordndo las estatuas de Buda.
Bajo los estandartes otras esculturas. Buena parte imágenes del Niño Jesús que manifiestan la profunda devoción que las carmelitas le profesan (en el camarín bajo hay más). De los expuestos destacan el de marfil en el que está venciendo al dragón, y dos pequeños de cera: uno sentado en un trono (el Doctorcito) y otro de pie (Niño Jesús. de Praga).

Acompañan a estos Niños imágenes de San Juanito, de la Virgen, de san Joaquín con la virgen vestida de carmelita, y un grupo granadino con san José y el Niño caminando, de un movido barroquismo y gran calidad, y dos Nacimientos en sendas hornacinas. Además varios relicarios: dos con grandes cabezas femeninas de muy buena factura y del siglo XVI.

Además destacan dos piezas de arte namban japonés: un atril que en su centro tiene una santa Teresa pintada sobre nácar y una arqueta muy buena y muy bien conservada, hecha con flores de polvo de oro y plata y laca urusi, y con incrustaciones de nácar.

Recortándose ante el ventanal está el tabernáculo barroco del monumento del Jueves santo, de 1786, con una gran urna de plata que al dorso lleva una inscripción que dice  “Lo hizo Gabriel Mª Gordillo 1874”.

La Virgen de Trápani es más que una copia una versión muy cercana de la Madonna di Trapani venerada en la iglesia carmelita de l’Annunziata, alabastro de mediados del XIV de Nino Pisano o algún discípulo suyo, con una delicada conexión entre las miradas de madre e hijo. El modelo fue muy difundido y son muchas las copias, más o menos cercanas al original. Esta es singularmente hermosa resaltando la delicada labra de caras y manos. Junto a ella una de pequeño tamaño, de idéntico modelo y procedencia.

Entre 1673 y 1678  talló Pedro de Mena la Soledad de medio busto policromada, de finísimas láminas que dan gran plasticidad y movimiento a los plegados, incorpora botones, ribetes, dientes de marfil, uñas de cuerno y ojos de pasta vítrea que le dan una gran verosimilitud. Está en un escaparate, con ventana central y otras laterales más estrechas. Mena creó y difundió el modelo, en el que acompañaba a la Dolorosa un Ecce Homo, también de medio busto que resaltaba el patetismo de la Virgen. Es del tipo denominado de contemplación, y la Virgen, una mujer joven que tiene ante ella el sudario con la corona, espinas y clavos del martirio de su hijo, adre dolorida que en tensión contenida levanta los ojos. Nada consta documentalmente de ella, pero su calidad pregona que es del Mena que talló las de las Descalzas Reales, Museos de Granada y Sevilla, agustinas de Pamplona, y otras más. Junto a ninguna desmerece.

En 1889 regaló el papa León XIII el gran Nazareno. En su base una inscripción dice es escultura de Paulino Ceballos, fue pintada por Juan de Ganuza y Antolín Cáceres hizo su corona, todos artistas de Guatemala.  Tiene una espléndida  túnica de seda morada labrada con hilo de oro.

Embutido en una pared está el Tríptico de la Pasión, del XVI, con un Crucificado en bulto redondo policromado y pinturas al óleo en las puertas laterales.

Además se exponen algunas pinturas al óleo del XVII, en una pared imágenes pareadas de San Agustín y Santo Domingo en sendos lunetos y otras dos con santa Teresa y santo Tomás como doctores de la iglesia escribiendo inspirados por el Espíritu Santo. En la otra dos grandes cuadros representando a Fernando III y a San Francisco de Paula firmados por de Charles Joseph Flipart, pintor parisino formado en Venecia que desde 1753 se instaló en Madrid, como pintor de la corte. Entre ellos el Cristo curado por los ángeles,  una muy buena copia del cuadro de  Guido Reni que está en el  castillo de Schleissheim, cerca de Múnich. Es pieza de gran calidad, muy cercana del original.

Planta alta:pinacoteca.
La gran  sala de pinturas tiene dos ámbitos distintos, uno junto al ventanal y otro junto al camarín alto. Entre medias está un escritorio de mesa con tapa abatible, tapa superior, cajones, dos secretos centrales y asas de fundición. Es intarsia con escenas de caza y perspectivas arquitectónicas que llevan a tratados de arquitectura manieristas germanos.  La estructura es de pino con algunas partes frontales de ébano, la taracea es de nogal, palosanto, caoba y chapas teñidas. Puede ser de hacia 1565 y del aubsburgués Bartolomé Weisshaupt o su círculo más cercano, pues  este maestro, autor de las puerta del Salón de Embajadores de El Escorial y de otras del monasterio, hizo otros muy similares, por no decir idénticos.

En una zona los cuadros al óleo de mayor formato. Dos son copias de grandísima calidad; una de la Piedad de Van Dyck que se haría mediante una estampa en la que estaba invertida, pero que tiene un brillante colorido que indica un conocimiento del original; otra es una copia antigua y de cierta calidad que reproduce la composición y color del Jesús entre los Doctores del circulo de José de Ribera.

Junto a él esta Asunción de la Virgen que un pintor que suponemos madrileño firma y fecha: D. Lzo DSI. 1674, que puede ser el jesuita fray Lorenzo de San Ignacio. Es obra de calidad cercana a lo que se hacía en la Corte por entonces.

Únicamente dos cuadros de esta sala tienen tema teresiano. Uno es el Paroxismo de Santa Teresa pintado en 1735 por Juan García Miranda, un pintor que nació sin la mano derecha, y pintaba con la izquierda sujetando la paleta  con el muñón y del que se conocen más obras relacionadas con santa Teresa. Narra un episodio de la juventud de Teresa, cuando en 1537 le dio lo que ella llamó “un parajismo” y permaneció cataléptica cuatro días, la dieron por muerta y hasta comenzaron los ritos funerarios”. Según el padre Ribera “la sepultura estaba abierta en la Encarnación y estaban esperando el cuerpo para enterrarle y hubiéranla enterrado si su padre no lo estorbara muchas veces contra el parecer de todos”. El otro cuadro de tema teresiano es el boceto de la Gloria de Santa Teresa de Miguel AngelEspí en el que se  ve el pequeño campanario de nuestra iglesia (el gran cuadro que coincidiendo con la apertura del museo se ha puesto en la iglesia, en el arco del cuerpo alto del sepulcro primitivo).

Entre las dos zonas de la sala se ha abierto una  alargada ventana desde la que se ve el Tormes que cantó Garcilaso de la Vega: “En la ribera verde y deleitosa/ del sacro Tormes, dulce y claro río,/ …/ “. Una vista que tan querida le fue a Teresa que en 1574, estando en el convento, escribió: “y tengo una ermita que se ve el rio, y también a donde duermo,  que estando en la cama puedo gozar de él, qué es harta recreación para mí”.

En la segunda parte de esta pinacoteca hay obras en una vitrina y en los muros. En la vitrina de pequeño formato, fundamentalmente sobre cobre, pero también en otros soportes como lienzo, papel, ágata y nácar, y con todo tipo de técnicas.  Deténgase ante un cobre que titulamos Ángel con el paño de la Verónica, el Cristo caminando sobre las aguas con los discípulos en una barca que es una miniatura delicadamente pintada sobre ágata, el bajorrelieve con San Jerónimo Penitente y Piedad, obra policromada del XVI ejecutada en dos tablas que pueden cerrarse una sobre otra, y en dos obritas, temple sobre papel, con un Calvario y la Oración en el Huerto que formalmente mezclan lo oriental y lo occidental. Luego una cuna se adorna en sus costados con los temas de  la Anunciación, Visitación, Adoración de los Pastores y Adoración de los Magos. Finalmente, en la cuna más grande, está la mejor para nuestro gusto,  una Niña María que regalaron 1897 las carmelitas de Lucena.

En la pared de la escalera está el Cristo vencedor de la muerte de Sebastián Herrera Barnuevo. No entraba en otro lugar del museo y es un emplazamiento algo forzado, por lo que al ver la obra desde arriba parece incorrecta. Pero permite gozar de una buena visión del copete del marco, los magníficos cortinajes, o unas flores que parecen escapar del cuadro que son –junto al rostro- los elementos en los que se basa la atribución.

En la segunda parte de esta sala, frente a la vitrina, está lo más selecto de nuestra colección:

– Retrato Verdadero. Medida y forma de Nuestra Señora de la Vega que está en su Colegio de Canónigos de Salamanca, mostrando la imagen del retablo catedralicio salmantino en su emplazamiento original, y con glas barrocas.

– Agrupados por su tamaño (para reforzar su seguridad, un Tríptico de la Pasión de oratorio (con Cristo a la Columna,  Ecce Homo, y Cristo con la cruz) con cuatro esculturas pequeñas representando a dos Niños –uno de Malinas-, un san Sebastián y un san Cristóbal con Niño claramente flamenco.

-La Virgen con Niño de Luís de Morales , el Divino, una de las características pinturas de este artista de mitad del siglo XVI,  reconocido por su dulzura natural que pudo estudiar en Milán donde adquiriría los tonos de Beccafumi y Sebastiano del Piombo.

– El Cristo con la Cruz a cuestas, pieza leonardesca firmada en 1537 por Palmezzano: MarchusPalmezanuspictorforoliniensisfaciebat  dice una cartela. Del mismo tema y autor existen versiones en Berlín, el Vaticano, Pinacoteca de Forli, Bonn, Florencia, Brescia, Venecia y Zagreb, siendo la nuestra probablemente la última.

– De inmejorable factura es  el Tríptico de la Virgen de la Paz con el Niño , adoración de los pastores y huida a Egipto. Es tabla flamenca, del XVI, de factura espléndida, especialmente las figuras de María y José. Los niños son los característico del mundo flamenco.

– Un óleo sobre tela representando Un calvario y la Dolorosa  es también buen ejemplar de pintura flamenca, pero del XVII. La escena es algo compleja: Cristo en el centro y los ladrones a los lados con sus cruces convergentes con la de Cristo. A un lado están los soldados jugándose las vestiduras de Cristo, con Nicodemo y José de Arimatea detrás, al otro la Dolorosa  con san Juan y las santas mujeres.

Cierra la sala  el estandarte de la canonización de la Santa, que en 1622 estuvo en la ceremonia vaticana recogida en un cuadro ya visto, luego vino a la iglesia donde estuvo colgado del arco de entrada a la anterior capilla mayor tardogótica, tras ser descolgado –supongo que en el incendio de 1952-  ha estado más de medio siglo en la clausura y ahora se expone tras minuciosa restauración por el Centro de Conservación y Restauración de Bienes Culturales de Castilla y León.  Su valor espiritual e histórico es obvio. El artístico evidente. Es una seda carmesí que en el reverso tiene el escudo de la casa de Alba y en el anverso una imagen de la Santa al óleo, que recuerda y mejora mucho el famoso retrato de fray Juan de la Miseria.

La singular pieza, realizada en Italia, tiene escudos de los carmelitas calzados y de los Mendoza, y pudo ser encargo de Antonio Álvarez de Toledo, duque de Alba y virrey de Nápoles, casado con  Mencía de Mendoza. La imagen de la  Santa, inspirada en la de Fray Juan de la Misericordía posiblemente obra del  pintor Alberto de Rossi -quizás sea obra de dos manos, una para el rostro y otra para el resto-, es la última incorporada a un Museo carmelitano en el que el arte religioso, especialmente el vinculado con ella, muestra obras en las que confluyen  lo espiritual, lo histórico y lo artístico, y testimonian la singular historia de este santuario de peregrinación.

Sala de Santa Teresa.
Dentro del convento –probablemente en la primitiva Sala Capitular del mismo–, y junto a la celda en la que murió la santa, se abrió en 2002-2003 un espacio al que se accede desde el templo que está dedicado a venerar las reliquias de la santa y mostrar parte de los recuerdos teresianos de la comunidad. Se presentan conjuntamente los aspectos espirituales, históricos y artísticos, relacionados con la fundadora y con la larga vida conventual. Se estructuran en cinco etapas dedicadas a: los orígenes, la fundación de Alba, Teresa de Jesús, la familia de Santa Teresa en Alba, los escritos teresianos y la celda de su muerte y los amigos de Teresa.

Entre los documentos expuestos están la Escritura Fundacional del Convento, las Bulas de la Beatificación (Paulo V, 1614) y Canonización (Gregorio XV, 1622), dos autógrafos teresianos (Vida, 40, 16 y Relaciones Espirituales) y dos firmas de la misma, más el Voto de Alba de celebrar siempre la fiesta de Santa Teresa (1615). Entre los objetos relacionados con la fundadora: una cuchara y una camisa usada por ella, un reloj de arena, varias piezas de cerámica salmantina de su tiempo, un brasero de Pereruela del siglo XVI, dos campanillas de 1550 y del siglo XVI, las tres llaves del sepulcro de la Santa que posee la Comunidad , más dos de los libros más leídos por Santa Teresa: las Confesiones de San Agustín (Andrea de Portonaris, Salamanca 1554) y El tercer abecedario de Francisco de Osuna (Toledo 1527). Relacionados con Juan de la Cruz se exponen, además de sus reliquias, la reja y el sillón donde confesaba a las religiosas, un báculo y una cruz de plomo usados por él, y la edición príncipe de sus obras (1618). Los cuadros y esculturas expuestas tienen más valor espiritual que artístico, siendo en muchos casos retratos verdaderos a lo divino de los fundadores, la familia y los amigos de la Santa , y de ellas destaca el magnífico grupo escultórico italianizante tallado en madera policromada de la titular del monasterio: La Anunciación.

Todas las piezas de esta Sala de reliquias acompañan al espacio más venerado por la Comunidad, la celda en la que murió santa Teresa. Es la celda abierta en la planta baja del claustro en donde murió Santa Teresa, que está como ha llegado hasta nuestros días tras las reformas y alhajamientos del barroco. En ella quedó instalada la Santa cuando llegó gravemente enferma el 20 de septiembre de 1582 y allí pasó la mayor parte de su enfermedad, muriendo el 4 de octubre. Allí, tal y como recogen la tradición conventual y fuentes documentales, el jueves, 4 de octubre de 1582, «día de San Francisco, como a las siete de la mañana, se echó de un lado como pintan a la Magdalena, con un Cristo en las manos, mirando a las religiosas, el rostro muy bello y encendido, con grandísima hermosura. En esta postura, ya sin habla, estuvo en oración con gran quietud y paz, haciendo algunas señas exteriores, ya de encogimiento, ya de admiración, como si la hablaran y ella respondiera, mas con gran serenidad todo, y con maravillosas mudanzas de rostro, de encendimiento e inflamación. Perseverando en la oración, muy alborozada y alegre, como sonriéndose, dando tres suaves y devotos gemidos, que apenas se oían, como de un alma que está con Dios en la oración, dio su alma al Señor, quedando con aventajada hermosura y resplandor. Su rostro semejaba un sol encendido». Tres frases de Teresa se asocian con esta celda y con sus últimos momentos: «Al fin, muero hija de la Iglesia».
«Dichosas las vidas que al servicio de la iglesia se acabaren».
«Ya es tiempo de caminar. ¡Vamos muy enhorabuena!».

Era la anochecida muere Santa Teresa en una celda conventual, el reloj daba las nueve campanadas. En ese reloj, año tras año, las carmelitas recuerdan el aniversario dando las nueve campanadas. Muere el mismo día de la reforma del calendario del papa Gregorio XIII, por la que el día 4 pasó a ser el 15 de octubre, día en que a las 10 de la mañana, se celebró el funeral en la iglesia recién concluida. Quienes habían asistido el día antes al bautizo del nuevo vástago de los Duques de Alba, no quisieron perderse el acontecimiento, por lo que la fama de santidad de Teresa se extendió rápidamente por toda España y los dominios de la Corona.

   
   
   
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