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Durante un largo período de tiempo, las piezas que se elaboraban tenían un marcado carácter utilitario: cacharros, vasijas, botijos, platos, tinajas… En esta época llegaron a existir 40 alfares que realizaban su trabajo mediante sistemas de trabajo medievales.
Con la aparición de nuevos materiales, la alfarería tradicional entró en declive, por lo que en otras muchas localidades llegó incluso a desaparecer.

Sin embargo, en Alba de Tormes, y gracias a la habilidad y a la destreza de los alfareros, que han transformado sus cacharros en piezas de arte y decoración, siguen existiendo 3 alfares.

Además de las piezas utilitarias, se ha introducido la original y exclusiva filigrana de la Villa Ducal, gracias al espíritu creativo de los artesanos, famosos por su destreza en el manejo del torno, que tras un largo proceso de aprendizaje desde niños y con una sacrificada dedicación, consiguen transmitir la tradición a sucesivas generaciones.

El futuro está en sus manos.

La alfarería albense

La alfarería albense destaca por la exclusividad de sus obras, mezcla de tradición e innovación.
Es el resultado de la unión de varios componentes que la hacen única: la calidad del barro, la destreza de los alfareros en el manejo del torno y, especialmente, de las cualidades decorativas  incorporadas incluso en las obras de carácter utilitario.

Son famosas las decoraciones albenses por la vistosidad y variedad de sus modelos.
Numerosos son los tipos de piezas de cacharros que encontramos, como por ejemplo: los de consumo y conservación de alimentos (cazuelas, platos, barreños, soperas..) cacharros para el transporte (cántaros, barriles, jarras, pucheros, barrilas…) cacharros para el fuego (pucheros, calvocheros..) o para otros usos diversos (tiestos, orinales, juguetes..)

Hace varias décadas, surge la filigrana como una evolución del tradicional procedimiento de enasar vasijas superponiendo diferentes niveles de asas intercaladas con figuritas y adornos sobre un plato o un botijo, convirtiéndolo en la figura más representativa y exclusiva.

El proceso del barro

1. Preparación del barro
Elaborar una pieza de barro conlleva un lento y laborioso proceso que se inicia con la extracción del barro en el barrero o yacimiento. El proceso continúa en los coladeros donde se bate, se cuela, se deja sedimentar, se orea y se soba hasta conseguir unos homogéneos bolos de gran calidad, famosos por su dureza y plasticidad.

Cuando el barro se lleva al alfar, es el momento de transformarlo en una pieza de arte.

2. Realización de la pieza
Habitualmente, el alfarero coloca el bolo sobre el rodal y lo tornea con sus manos húmedas para luego pulirlo y alisarlo. El rodal es la base del trabajo del alfarero, aunque utiliza otras técnicas, como el molde.

Se colocan las piezas en un tablón para trasladarlos al sequero con el fin de perder la humedad, para luego orearse al sol.

Según la pieza de que se trate se le añaden las asas, los pies, los pitorros o las espitas.
Los únicos utensilios con los que se ayuda el alfarero además de sus manos, el barro y el agua, son los tacones (trozos de madera para estirar el barro), la pellejas (trocito de badana para alisar el barro), la púa (palo fino para retirar excesos de barro), el alambre (para separar las piezas del rodal).

3. La decoración
Considerada de gran belleza y calidad, la decoración de las piezas es uno de los motivos que han marcado la diferencia de la alfarería albense.

El método más característico es el adorno a dos colores en greda y juaguete conseguida a partir de dos tipos de engobes naturales, siendo la greda de color rojizo y el juaguete de color blanco.

Cuando la pieza ya está seca, se adorna con uno de los engobes según el color que se quiera dar a la pieza a través del aguamanil (un recipiente de latón similar a una pequeña regadera).
Una vez hecha la vasija, se vidria y se deja secar para proceder a hornearla.

También son tradicionales otros colores como el negro  conseguido con manganeso o el moteado de las piezas.

4. La cochura
Antiguamente, los hornos eran de leña y en el pozo superior llegaban a hornear hasta 1.500 piezas durante 15 horas a fuego lento y constante.
Cuando llegaba a la temperatura idónea se echaba la última calda y se dejaba enfriar hasta el día siguiente…  es el momento en que el alfarero ve, satisfecho, su obra terminada.

   
   
   
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